[Hazebrouck, 1.1.1623 - Malines (Belgique), 1.11. 1677]

María Petyt nació en Hazebrouck
(hoy en Francia, pero entonces en la Flandes) el 1 de enero de 1623, en un
ambiente burgués, de comerciantes ricos.
A los 16 años muda para Rijsel y va en peregrinación a un santuario
mariano, "para impetrar la belleza y el don de agradar" mundanos.
Pero en esta peregrinación Dios tocó profundamente su corazón con su gracia y
desde entonces empezó a llevar vida retirada en su propia casa, estudiando su
vocación. Regresa a Hazebrouck y más o menos en 1642 entra en el noviciado de
las Canónicas Regulares de S. Agustín, a Gent (Ghent), que deja porque tiene
dificultad de leer y cantar el oficio. Se queda a Gent, entrando en relación
con los Carmelitas, cuya Iglesia frecuenta. Conoce el Fr. Gabriel de la
Anunciación y el año siguiente profesa en la Orden Tercera del Carmen (T.O.C.)
con el nombre de María de S. Teresa. Empieza a vivir entonces con otra hermana
y la madre de ésta en una casita de Gent, donde siguen juntas un reglamento de
vida redactado por el confesor.
En 1647 el padre Gabriel es
transferido para Alemania y ella encuentra Fr. Miguel de San Agustín, que desde
entonces nunca más dejó de ser su director espiritual. Seis meses después Fr.
Miguel es transferido para Malines, continuando todavía a dirigirla por
correspondencia epistolar, gracias a la cual podemos hoy conocer un poco más de
su vida y experiencia mística.
En 1657 Fr. Miguel compra en
Malines una pequeña casa junto al Convento de los Carmelitas, adonde ella pasa
a vivir con otras dos compañeras en una estricta reclusión y austeridad según
una regla compuesta del propio Fr. Miguel y aprobada del Padre General Antonio
Filippini. Por eso la casa se llamará "La Ermita".
Aquí muere el 1º de noviembre de
1677, como ella misma había predicho.
Escritos: además de las cartas al P. Miguel, escribió su
autobiografía, publicada por su director espiritual en 1683 (= primero tomo de Het Leven van de Weerdighe Moeder Maria [...] Petyt),
entretanto editada hace 25 años: Het Leven van
Maria Petyt [1623-1677] (haar autobiografie) (= Klassiek
Letterkundig Pantheon 214). Ed. p. J.R.A. Merlier. Zutphen: W.J. Thieme &
Cie 1976. 248 p. ISBN 90 03 21890 0.
[1657-1677]
Extractos de sus cartas a Miguel de S. Agustín,
publicadas por éste en:
Michaël a Sancto Augustino, Het Leven van de Weerdighe
Moeder Maria a Sancta Teresia (alias) Petyt.
4 tomos en 2 vols. Ghendt: Hoirs van Jan van den Kerchove 1683-1684.
[en romano se
indica la parte, seguida del capítulo y respectivas páginas en esta obra,
organizada no cronológica, pero temáticamente]
*Existe una
traducción anónima en castellano, reeditada por Rafaél López-Melús, O. Carm.:
Vida de unión con María. Onda (Castellón): AMACAR - Apostolado
mariano-carmelita 1999
La
amorosa Madre [original: Minnelijcke Moeder]
se me ha aparecido una vez y, como me miraba afectuosa y sonriente, le he
preguntado qué es lo que le gustaría que hiciese: si debía continuar
escribiendo algunas líneas, conforme a la obediencia o, mejor, ir a la iglesia,
según mi costumbre.
Ella
se ha dignado contestarme: Ve, date prisa en
recibir a mi Hijo. Caí a sus plantas, el rostro hacia tierra,
suplicándole me diera su bendición maternal. Entonces, llena de respeto, de
reverencia y de amor, le he oído decir todavía: Mi
Hijo desea venir a ti y descansar en tu corazón.
Durante
la preparación de la santa comunión, esta dulce Madre [orig.: soete Moeder] ha estado presente en mi espíritu.
Llevaba a su amoroso Hijito [orig.: minnelijck
Kindeken] en el brazo izquierdo. Pero, después de algún tiempo, ha
colocado el Niño de pie sobre sus rodillas dirigiendo su rostro hacia mí. Y él
me sonreía tendiéndome los brazos con gesto de afecto.
Cuando
hube comulgado, no he vuelto a sentir la presencia de la amorosa Madre en mí.
Tan sólo el dulce Niño Jesús [orig.: lieffelijck
Kindeken Jesus] estaba en lo más íntimo de mi corazón, en donde yo
le acogía llena de afecto, con caricias y protestas amorosas.
En
relación con el amor y otras operaciones, conocimientos divinos, luces sobre
las verdades reveladas, movimientos de orden sobrenatural, todo esto me parece
sacado y como fundido en la unicidad del Uno divino - aunque todo ello brotase,
a veces, con superabundancia en el alma. Pero este brote no la hace salir de la
unidad, porque en todo eso ve ella, conoce y gusta la sola Unicidad divina, de
una manera misteriosa y excelente. La fuerza y la luz de Dios, solas, ayudan al
alma y la elevan hasta ella.
Lo
mismo que en un espejo, en el Uno divino veo, honro, amo y ruego a nuestra muy
amorosa Madre. La veo allí formando unidad con este espejo divino, con el Ser
inexpresable. Así, desde que me arrodillo ante una de sus estatuas y le pido
algo por lo que me siento interiormente atraída - el bien de las almas, las
necesidades de la Patria, o cualquier otra cosa - pronto su imagen se hace
patente en este espejo interior, en donde está contenida con las demás
criaturas. Otras veces me parece que penetra, de alguna manera, la imagen
exterior, sin advertir en ella nada de corporal, y la veo totalmente contenida
en el secreto del espíritu. Lo escribe en 1657.
El día
4 de febrero de 1659, si mal no me acuerdo, durante el Oficio, he gozado en
espíritu de una visita muy agradable y consoladora de nuestra amorosa Madre.
Era
como la acogida muy afectuosa de una dulce y buena madre, y sus tiernas
caricias.
Desde
entonces experimento, lo mismo que por una madre, un amor muy tierno, dulce y,
sin embargo, lleno de respeto. Esta dulce inclinación se dirige hacia ella de
una manera muy espiritual y real. Parece más bien infusa y pasivamente recibida
que elaborada por mi propio trabajo.
Me
siento invitada a establecer a María como Madre general de esta casa. Y todas
las hijas que me sean confiadas, y que vendrán aquí, las colocaré en su regazo,
a fin de que se alimenten en su seno de este divino espíritu de humildad, de
soledad, de mortificación, de pureza y desasimiento de las que ella posee la
plenitud.
Me
siento, igualmente, inclinada a consagrarle este lugar donde empieza nuestro
nuevo género de vida y colocarle bajo su advocación. Por otra parte, me parece
que tal cosa le place y que acepta de buen grado este cargo de Madre y
gobernadora de esta feliz familia.
¡Oh
dulce y muy amorosa Madre, cuán grandes son la inclinación y la confianza que
vuestro amor ha sabido inculcar en mí!
Ved:
la actividad del Espíritu parece ser ahora de tal suerte que el espíritu no
puede ya pedir nada eficazmente al Bien-Amado, nada esperar de Él, si no es por
la mediación y por la intercesión de la dulcísima Madre. Es lo que yo he visto
durante la oración, mientras me sentía impulsada a rogar por un joven monje
que, tentado por el Enemigo, había abandonado el convento con la intención de
dejar la vida religiosa. He creído verle en espíritu, y era nuestra amorosa
Madre quien le conducía al convento.
Todavía
me acuerdo de lo que olvidé de anotar al hablar de este precedente estado de
abandono, en el curso del cual ocurrió lo siguiente:
Una
noche [1662], mientras yo dormía,
nuestra amorosa Madre se acercó a nosotros. Llevaba el Niño Jesús en el brazo
izquierdo. El Niño y la Madre me miraban amorosamente y sonriendo. Me dirigían
palabras llenas de amistad y consuelo; pero yo no me acuerdo con claridad lo
que me decían. Sé, sin embargo, que la amorosa Madre me dio algunos consejos
relativos a una pureza más perfecta, un despojo más completo, una muerte a toda
criatura. Otras palabras todavía servían para consolarme, para fortificarme.
Y me
dije entonces: «No es posible que esto sea una ilusión; yo no sueño ahora. Es
necesario que tome nota de todo esto a fin de satisfacer a la obediencia».
Después
quise no detenerme más en ello y considerar estas cosas como un sueño
corriente. Pero el recuerdo permaneció mucho más vivo que de costumbre. Me
acontece muy a menudo soñar cosas buenas sin que esté entonces impulsada a
consignarías como lo estoy ahora.
En la
vigilia de Pentecostés [12.5.1663], por
la mañana, durante la recitación del Oficio, he creído ver en espíritu a
nuestra amorosa Madre. Estaba presente entre nosotras y parecía escuchar
nuestra recitación con una alegría particular, con gozo y complacencia. Se me
antojaba así, por que su mirada, que se fijaba en nosotras, estaba llena de
amistad y sonriente, sobre todo cuando llegábamos a las antífonas, a los
versículos y a las oraciones que están especialmente destinadas a cantar sus
alabanzas y perfecciones.
Esta
presencia causaba un sentimiento de reverencia hacia su Majestad, y al mismo
tiempo un amor muy tierno y respetuoso. Al verla así, el espíritu rebosaba de
excesiva alegría y de gozo. Y yo dije: "Dulce Madre, puesto que vuestra
Majestad parece complacerse en esta alabanza que elevamos aquí hacia vos, ¿por
qué no ha de suscitar en mayor número almas que os servirían de esta misma
manera y cantarían vuestras alabanzas con toda pureza de corazón?"
Y he
creído sentir la esperanza de que vendrían pronto algunas de estas almas. Sin
embargo, no tuve una total certeza de ello.
El
alma experimenta a veces que el espíritu comienza a estabilizarse en una cierta
elevación y empieza a vivir en Dios, en abstracción de todas las cosas creadas.
Pero, a veces también, le muestra cómo el alma fiel debe comportarse en las
situaciones que complacen y alegran al mismo tiempo a la naturaleza, o que son
agradables a la sensibilidad - naturalmente, cuando la necesidad o las
conveniencias, o la discreción la fuerzan a usar de estas cosas . Es preciso
entonces usar de prudencia y tener gran cuidado de elevar estas cosas hasta el
espíritu, apartándose inmediatamente y desgajándose de todo vinculo de afecto,
empleándolo en Dios.
Esto
se aplica a todo lo que puede agradar de alguna manera al gusto, a la vista, al
oído y al olfato. ¡Ah!, si el alma que busca a Dios con toda su pureza, el alma
que quiere a Dios, pudiera darse cuenta aquí de cómo la amorosa Madre y el Niño
Jesús se han comportado en estas circunstancias! Cuando fue necesario se
sirvieron de alimentos corporales. Estaban en las bodas de Caná en Galilea, sin
que se siguiese el menor inconveniente para el espíritu. La amorosa Madre
mostraba a su Hijo un afecto tierno y maternal: le acariciaba, le besaba, le
tomaba en sus brazos; y el Niño Jesús actuaba de igual manera, conforme a su
naturaleza de niño, tomando la leche de su madre, dejándose acunar y mimar en
sus brazos. Era, de ese modo, un niñito inocente, aunque fuese la sabiduría del
Padre. ¡Ah, quién nos diera usar siempre de las criaturas a ejemplo suyo
únicamente en espíritu y en Dios!
En la
Candelaria [2 de febrero] de 1666,
después de la Comunión, estando muy elevada en espíritu y recogida en una gran
separación de mi propio yo y de todas las criaturas, he saboreado todavía una
aparición de la amorosa Madre, llevando el Niño Jesús.
Parecía
confiármelo a fin de que yo lo sujetase y que reposase entre mis brazos. Yo lo
besaba muy tiernamente y Él mismo me sonreía, me acariciaba, me mimaba como
hacen los niñitos inocentes en los brazos de su madre.
Durante
algún rato, también, he posado mi frente sobre las rodillas de esta dulcísima
Madre, que se me aparecía en una inexpresable majestad y bellísima. Me volvía
hacia ella y la contemplaba con un grande y respetuoso amor, en el que no se
mezclaba nada de sentimental. Porque eso pasaba de una manera muy abstracta, en
el espíritu. Es verdad que, al reposar sobre sus rodillas, he sentido
fuertemente algunos sentimientos de infantil e inocente mimo, como el de un
niñito hacia su madre.
El 13
de febrero [1666], momentos después de
la comunión, en tanto que me mantenía en un gran silencio interior, la amorosa
Madre se me apareció súbitamente, no sé cómo. Se hacía presente en el secreto
del espíritu. Yo tenía una percepción muy cierta y muy viva de su presencia.
Esta
aparición y esta contemplación se habían producido bruscamente, sin que hubiese
pensado en ello antes, ni hubiese imaginado nada semejante. Sin que uno se dé
cuenta y sin hacer nada, el espíritu parece que es arrancado de la profundidad,
del silencio, de la sencillez, y se encuentra colocado en una elevación que no
es ni menos silenciosa ni menos sencilla.
Él
primer estado es un íntimo reposo en Dios; el otro, una contemplación elevada a
manera de arrobamiento o atención absorbente. Él tiempo pasa entonces sin que
uno se dé cuenta de ello. Se me olvida incluso volver a casa. Ya no tengo
noción ni del tiempo ni del lugar; y cuando vuelvo un poco en mí, sufro al
tenerme que marchar. No tengo entonces más que un solo deseo: poder permanecer
así.
Al mismo
tiempo, he visto claramente no ser esto imaginación, lo mismo que la aparición
de la Candelaria. ¡Pero qué feas me parecen ahora todas las imágenes, todas las
pinturas que representan a la amorosa Madre! Provocan más bien la náusea que la
dévoción; sobre todo cuando el recuerdo de la maravillosa belleza y de la
majestad, cuya representación permanece en mi memoria, está todavía fresco en
mi.
Es un
amor extremadamente tierno el que yo experimento por Jesús y su querida
Madrecita, que es también la mía. Esta clase de amor me da una gran
familiaridad y confianza con Jesús, mi Amado. Estoy con igual que una esposa
llena de ternura y afecto. Lo que él me atestigua, a su vez, parece también
lleno de afecto.
Lo
mismo sucede con mi amorosa Madre. Parece haberme adoptado como a su hija. Me
instruye en la perfección y pureza de espíritu, a fin de que así me haga más
agradable a Jesús. Me conduce al amor de Jesús y a su amoroso trato.
Cualquiera
que sea el objeto, mis potencias interiores no parecen tener operación más que
en la medida que el acto pueda exigirlo, sin más; estoy iluminada por la
indicación del querer divino o por la conducta del espíritu. Este estado es el
fruto de la grande, o mejor, de la total sumisión, de la parte inferior a la
superior, y de ésta a Dios. A juzgar por lo que experimento, Dios ha tomado
posesión de todo el hombre, moviéndole, conduciéndole, poseyéndole. Nos guarda
de toda corrupción de la naturaleza en tanto que permanezcamos fieles en
responder a las mociones interiores y a los movimientos. Lo cual me es tan
fácil como abrir y cerrar los ojos.
Experimento
una dulzura real, una satisfacción del espíritu y de la naturaleza al
pronunciar con los labios o simplemente con el corazón los santos nombres de
Jesús y de María. A menudo les repito:
«Jesús,
Jesús, mi Amado, mi sólo Amado; Jesús, Jesús, mi Vida y mi Todo; María, María,
dulce María, mi muy querida Madrecita».
Me
parece que estos dulcísimos nombres están casi constantemente en mí, en mi
corazón. No puedo saturarme de estar llena de ellos, de unirme a ellos, de
nombrarles con un dulcísimo sentimiento de amor ingenuo y lleno de respeto.
Sin
embargo, el hecho no se acompaña siempre de palabras tan netamente definidas.
Llego a no decirlas más que a la mitad; y entonces, el espíritu disfruta como
un sueño de amor en los brazos de Jesús o sobre las rodillas de María. Eso
ocurre en la solitaria profundidad del espíritu, habitualmente con suspensión
sensorial.
Mi muy
querida Madrecita no parece satisfecha de atraerme tan sólo a su perpetuo amor,
y al amor muy puro, muy tierno y muy fiel de Jesús. No le basta adoptarme como
a hija suya. Parece desear, además, que ame a su muy querido esposo, San José.
En efecto, me imprime este amor en el corazón, aun que nuestro amor y la
propensión de nuestra alma tienen por objeto a estas tres personas, dentro, sin
embargo, de una sencillez de mirada y en la unidad del espíritu. Están sin
cesar las tres reunidas en nuestro corazón, en nuestro amor.
A
pesar de todos estos favores, me siento interiormente conducida a una profunda
humildad, a un anonadamiento en mí de todas las cosas. No debo apoyarme sobre
nada, no representarme nada, no acoger para complacerme ningún don, gracia,
favor del bien Amado, de la amorosa Madre o del amante Padre. Debo dejar todo
eso sólo a Dios, como si nada se me hubiese dado; a fin de permanecer de esta
manera toda anulada en la desnudez de mi nada.
Los
muy santos nombres de Jesús y de María son más dulces que la miel a mi paladar.
Son tan dulces, suaves y deleitables, que me parece gustar el sabor en mis
labios. Su simple recuerdo, la reflexión que se hace sobre ellos, o su
repetición mental, son como pequeñas llamas sutiles que penetran y atraviesan
el corazón, para herirle de amor suavemente.
No
llego a esta devoción tierna por mi propia virtud o a consecuencia de una
dispersión del espíritu. Es el Espíritu divino quien me conduce allí y me
dispone, dulce y simplemente, en lo más secreto del corazón.
Aprendo
a recoger cada vez mejor todas estas cosas en mi espíritu, sin intervención de
las potencias sensibles - o casi sin ella. Lo mismo sucede con esta propensión,
estos rebrotes de amor hacia Jesús, María y José. Esto se hace mucho más patente dentro del espíritu, y más claro,
más despojado, más elevado, con menos enternecimiento y sabor natural. Tengo
que suprimir aún más estas últimas cosas. Contemplo a Jesús, María y José, y
gusto de su presencia en el espíritu, unidos a la eternidad del Ser divino del
que están sobresaturadas.
Ahora,
los tres se presentan a mi vista siempre reunidos; sin que esta introduzca el
menor intermediario en la contemplación del Ser divino sin imagen. Porque les
cubre éste con su sombra y les llena. Parecen de alguna manera llenos de Él y
se muestran como tales; de forma que me es imposible considerarles o elevar
hacia ellos mi amor, perdiendo un solo instante el recuerdo y la presencia del
Ser divino. En ellos no veo y no amo nada más que a Dios solo y lo que es
divino. Su representación no parece impedirme permanecer en Dios. No quita nada
a la sencillez del espíritu.
Llego
así a comprender cómo los santos del cielo pueden considerarse entre sí y
amarse en Dios, sin impedimento por la visión beatífica, ni por la alegría y el
amor. Experimento que sucede lo mismo aquí.
El año
de 1668, el día de la vigilia de la Anunciación [24
de marzo], me fue impresa en el espíritu una luz en relación con la
excelencia maravillosa del misterio de la Encarnación del Hijo de Dios en la
santísima carne de una Virgen.
Vi
cómo la amorosa Madre fue envuelta en una claridad divina inexpresable, en una
luz, en una gloria, en una alegría y en un gozo. Me comunicó algo del ardor de
su amor y de la alegría que invadió a su santa alma cuando fue concebida en
ella el eterno Verbo.
Me
fueron mostradas la excelencia y la maravilla de este misterio, sin que me
fuese posible, sin embargo, expresar nada de ello.
Mi
espíritu estaba como atraído a una cierta elevación. La contemplación de este
misterio estaba hecha de un increíble sentimiento de admiración, respeto y
adoración. Estaba totalmente situada en la unicidad de Dios.
Nunca había
penetrado ni entendido tan claramente este misterio. De él se siguió en mí un
ardor nuevo de amor, de admiración y de respeto hacia mi adorada Madre, al ver
cuánto la había Dios estimado y elevado. La Majestad divina, sin limites, la ha
amado hasta el punto de dignarse reposar en su carne y tomar allí la naturaleza
humana.
Y, sin
embargo, la vista de su excelencia, de su elevación, de su Majestad, no me
espanta ni detiene. Me atrevo a volverme hacia ella con ternura y sencillez
infantiles. La amo como un niño ama a su amorosa Madre; le digo palabras de
niño y reposo sobre sus rodillas. Me autoriza ella y me da confianza haciéndome
comprender y sentir que se ha dignado adoptarme como a su hijo. ¡Qué felicidad
y qué alegría! ¿Qué podrá ahora sucederme de malo?
En el
curso de esta oración, la amorosa Madre parecía revelarse en mi espíritu,
llevando el Niño Jesús sobre los brazos. Era de una incomparable belleza, buena
y amable. Parecía pedir a su Hijo que quisiese bendecirme, a mí, su indigna
esposa. Él Niño me ha dado esta bendición sonriéndome dulcemente.
Desde
este momento, mi corazón está repleto del más tierno amor hacia la dulcísima
Madre y su dulcísimo Hijo. Constantemente me siento atraída a reposar
inocentemente, como un niño que se cae de sueño, y a dormirme entre sus brazos.
Pero
¡cuán dulce es su nombre: María!
El 22
de abril de 1668, la amorosa Madre se me ha aparecido en el curso de la
oración. Llevaba el Niño Jesús sobre el brazo.
Me di
cuenta en esta visión que, en un instante, todo mi ser había cambiado, exaltado
todo en Dios, todo ardiente y abrasado de amor hacia Dios y la amorosa Madre.
Quedé toda envuelta por una luz y un resplandor inusitados.
Cuando
esta visión acabó, quedé muy dispuesta al amor de unión y de fusión en el Ser
divino sin imagen, en gran sencillez y soledad de espíritu; mientras que con
anterioridad a esta visión estaba más bien en sequedad y un poco distraída en
el sentido. En un solo instante había sentido a mi alma como rodeada y ocupada
por su Bien-Amado sin imagen. Un tierno amor me había herido, y yo me sentía
dulcemente impulsada a todas las virtudes.
Todo
el tiempo que dura y permanece la presencia de la amorosa Madre, percibo en mí
un excepcional candor infantil. Los amorosos encantos, las exclamaciones, los
movimientos de afecto filial están en aquel entonces llenos de dulzura, de
amor, de inocente ternura, pero también de respeto profundo y de entera
confianza en ella para todo lo que deseo y pido, tanto para mí corno para los
demás. Igualmente todo lo que entonces le pedía o suplicaba parecía dar a ello
su aprobación. Me lo manifiesta por alguna señal o percepción interior.
Sólo
con contemplarla me siento instruida y estimulada a proseguir una pureza cada
vez más perfecta y una más entera sencillez de espíritu, así como una ciencia
más clara de lo que debo hacer u omitir en tales o cuales circunstancias, a fin
de realizar mejor su voluntad y la de mi Bien-Amado.
Adquiero,
asimismo, una total certeza sobre varias cosas, que no puedo especificar hoy
exactamente. Pero lo que es cierto es que entonces percibo y experimento la
sensación de estar trabajada por un buen espíritu, lo cual da a mi alma una
grandísima y profunda paz.
Esta
revelación de la amorosa Madre debió de durar como un cuarto de hora. Cuando ha
pasado, no deja ningún deseo, ninguna impaciencia de recibir más a menudo esta
clase de gracias, ni de gozar de ellas más largo tiempo. El alma está saciada y
enteramente satisfecha en su sueño de amor en el soberano Bien.
La
pureza interior que ellos me enseñan es tan excepcionalmente grande que me es
imposible expresarla. Pero cuando me conformo exactamente a lo que ellos me
muestran, toda mi alma viene a ser como un puro espejo, un cristal que, cada
vez más, recibe las huellas divinas, los movimientos del amor y sorprendentes
luces en el conocimiento de Dios y de las divinas verdades. Mi alma parece ser,
verdaderamente, un trono donde Dios reposa y se complace.
Pero
cuando me sucede ser menos exacta y que olvido a veces esta sumisión puntual y
esta obediencia a la amorosa Madre y al amoroso Padre, el dulce y tierno amor
que les tengo disminuye en la misma medida que mis sentimientos de filial
respeto. Su presencia se oscurece igualmente hasta tanto no les he confesado mi
falta con profunda humildad y corazón contrito.
Fue
así como decidí hablar a la hermana T. de mi propia persona y de las gracias e
instrucciones interiores que recibía. Y he aquí que la amorosa Madre me ha
reprendido por ello, porque esta manera de obrar era contraria a la enseñanza
que ella me había dado, de no hablar nunca de mí ni de las gracias recibidas.
No es que hubiera materia o sustancia de pecado contra la humildad; pero la
manera de obrar no era buena. Y, luego, la amorosa Madre desea que la humildad
sea en mí perfecta, que no falte en ella la menor cosa, que no se mezcle en
ella ni incluso una sombra de lo que la es opuesta. Además, puesto que ella me
ha comunicado que debía permanecer enteramente separada de mi propio yo, sin
ocuparme de él, de ello se sigue que debo también perder la memoria de lo que
pasa o ha pasado en mí; y no reflexionar en ello y guardarme de ahora en
adelante de decir nada.
Pero
que vuestra Reverencia no vaya a creer que esta obediencia tan rigurosa, esta
sumisión a la amorosa Madre y al amoroso Padre, esta atención constante a su
buena voluntad y a sus indicaciones, que todo esto, digo, quite nada en mí del
libre albedrío y de la santa libertad de espíritu. Porque la santa libertad
consiste precisamente en no disponer libremente de sí y en no desearlo. Al
contrario, considero como una verdadera esclavitud tener que volver a mi
libertad propia; y esto lo temo más que la muerte.
Se me
ha mostrado, por otra parte, que me vuelvo culpable de una cierta especie de
injusticia, y que debo acusarme de ella en confesión, cuando vuelvo a mi propia
libertad; porque me he expropiado totalmente, dándome toda al Bien-Amado, a la
amorosa Madre y al amoroso Padre, a fin de vivir en adelante a medida de sus
indicaciones. Me he obligado a ello incluso por voto. Y aunque esta promesa no
haya sido hecha bajo pena de pecado (lo que no me había sido pedido), me
obliga, sin embargo, de una manera muy firme, porque no tiene otra sanción que
el amor, y el amor es para mí fuerte como la
muerte y más violento o celoso que el infierno (Cant. 8,6).
En
este sentido, no tengo ya ningún derecho sobre mí misma y no me pertenezco, y
puedo decir, en verdad, con el santo profeta David: Mi
lengua es la pluma del escritor escribiendo con rapidez (Ps. 44,2).
En efecto, mi lengua; mis miembros, mis sentidos y las potencias de mi alma
son, o deberían ser, otras tantas plumas con las cuales el Bien-Amado, la
amorosa Madre y el amante Padre escriben, y que ellos dirigen a su antojo como
el maestro guía la mano y la pluma del niño que aprende a escribir (abril
1669).
Me
siento impulsada a describir algo más claramente, todo lo que me sea posible,
de qué manera he sido agraciada estos días con la presencia de la amorosa Madre
y del amoroso padre, y cómo he percibido sus emociones, sus direcciones y su
dulce influjo.
Les he
tenido constantemente en la mirada del espíritu. Su recuerdo y su imagen
estaban como impresas en la inteligencia y en el conocimiento, de una manera
habitual y esencial, sin la menor intervención activa de mi parte. Yo no habla
puesto nada, ni pensamientos ni otras actividades propias, para alcanzar ese
efecto. La cosa parecía hacerse de una manera tan natural y esencial que parecía
brotar naturalmente. Si no comprendo mal, se han presentado en la parte suprema
del espíritu, antes que yo hubiese pensado nada y sin esperarlo.
Pero
la impresión era tan fuerte que si yo no hubiera hecho esfuerzos, incluso para distraerme
de ello, o para perder esta contemplación, este gusto, esta experiencia, yo no
lo hubiera logrado, me parece. Salvo, bien entendido, si yo hubiera hecho algo
que les hubiese desagradado; porque en este caso, su presencia se esfuma,
desaparece y, con ella, la dulce ternura, el inocente y respetuoso amor.
Lo que
yo veía era una forma, una imagen, distinta y, sin embargo, idéntica. La
contemplación era, a la vez, clara y oscura. No sé cómo explicar esto. Me
parece que habla alguna analogía con la descripción que da Santa Teresa de una
cierta revelación que tuvo de la amorosa Madre y del amoroso padre. No prestaba
ninguna atención especial a determinado punto particular de su
persona,
pero consideraba con una simple mirada, en la satisfacción de su alma, todo el
conjunto de la persona de la amorosa Madre.
Mi
consideración era tan sencilla que me hubiese sido imposible considerar el uno
aparte de la otra. Los dos eran uno solo, y el único era doble. Además, esta
visión estaba contenida en la unicidad del Ser de Dios.
Según
creo, me privan ahora de este género de representación y de movimientos
experimentalmente percibidos. La cosa es ahora más espiritual y abstracta. No
se retiran en cuanto a su ser, pero a mi parecer yo los gusto de una manera más
exaltada y más ajena al sentido. Sin duda me han llevado al fin donde tendrían
las precedentes representaciones.
En
efecto, sus enseñanzas, sus dulces inspiraciones, parecen haberme hecho capaz,
haberme dispuesto o, más bien, haberme llevado a una más estrecha y más
eminente unión de amor a mi divino Amigo. Y mi corazón fue por ello herido más
profundamente por su amor. Me han hecho más íntima con Él. Más que nunca, han
implantado en mí su propia manera de ser, su naturaleza, su espíritu; porque vuelvo
a sentir en mí, en todo mi ser, una tal transformación divina que me es
imposible expresarla. Eso me prueba suficientemente que lo que me sucedió el
día de San José no era una ilusión.
Mi
espíritu queda todo impregnado de virtudes excelentes, en particular de bondad,
benevolencia, amor y misericordia.
Soy
arrastrada a perdonar de todo corazón a mis enemigos, a los que me han hecho
algún mal, a amanes, a rogar por ellos, a hablar bien de ellos y a perdonarles,
a tenerles compasión, a testimoniarles benevolencia y afecto, a olvidar el mal
y la injuria que me fueron hechas, a rogar a Dios que no les impute estas cosas
como pecado; y así sucesivamente.
Me
siento igualmente impulsada a la mortificación y santo odio de mi propio yo, a
arrancarme todo amor propio, a no tener para mí ninguna indulgencia, ninguna
atención, a no hacer ningún caso de mi persona y a no soportar, sin
contrariedad, que otros se ocupen de mí o me atestigüen alguna solicitud.
Cuando esto sucede tengo vergüenza, y me humilla más. Reconociéndome indigna,
me atribuyo en todas las cosas la peor y la última parte.
Pero
me viene, como réplica, una dulce propensión a satisfacer a los demás,
procurarles lo que es útil, cómodo, agradable. Me privo de ello como si
tuviesen más derecho que yo. Siento una inclinación a hacer por caridad
trabajos humildemente serviles, abyectos y sucios, para descargar a los otros y
aliviar su trabajo.
En
todo eso descubro y gusto un sabor espiritual, una satisfacción de alma, porque
el santo amor me impulsa a llevar las cargas de los demás. Sin embargo, bien
creo que no poseo estas virtudes en grado perfecto y que deberán crecer en mí a
medida que crezca también la luz interior.
Tales
son las transformaciones operadas en mí en lo que concierne a mis relaciones
exteriores con el prójimo. La transformación interior no es menos importante.
El día
de la vigilia de la Santísima Trinidad [26 de
mayo] del año de 1668, durante la oración de la tarde, me ha
parecido que la amorosa Madre y San José se aparecían en mi espíritu.
Me
revelaban y me hacían comprender la inexpresable pureza interior y exterior,
así como el ardor de amor divino con los que Dios les había agraciado durante
su vida terrestre. Yo veía cómo ellos no habían cesado de cooperar a fin de
aumentar estos dones y de permitirles crecer hasta un grado infinito. Sin
embargo, veía a San José en un menor grado de pureza y de amor que la amorosa
Madre.
Esta
revelación tuvo lugar repentinamente y fue breve, porque apenas duró el tiempo
de un Avemaría. Pero en relación con sus virtudes, sus méritos y la eminencia
de las gracias con las que Dios les había elevado, la inteligencia recibe en
este corto espacio más luces e inspiraciones que no hubiera podido adquirir de
otra manera en largos años.
Todo
esto aumenta singularmente mi admiración, mi respeto, mi amor, mi confianza y
mi devoción hacia la purísima Virgen, llena de gracias, y hacia su querido
esposo, San José. Eso me estimula mucho a seguirles - de lejos y según mi débil
poder - en el camino de su extrema pureza interior y de su ardiente y perpetuo
amor de Dios.
La
amorosa Madre se me había aparecido vestida con un traje resplandeciente como
la nieve. Era una joven de unos dieciocho o veinte años, llena de belleza, de
juventud, de dignidad y de perfección. Recordaba, poco más o menos, los cuadros
que se hacen de la Inmaculada Concepción, en donde la Virgen no lleva Niño
Jesús.
El día
de la fiesta de la Virgen de las Nieves [5 de
agosto], en 1668, durante la oración de la mañana, no tenía otra
preocupación y no percibía otras operaciones del alma que la contemplación de
una presencia extremadamente agradable de la amorosa Madre en lo más alto del
espíritu. Las potencias del alma estaban enteramente privadas de cualquier otro
objeto.
Durante
todo este tiempo fui inundada de una nueva luz celeste, que vertía sobre mí sus
rayos. Estaba rodeada de ella por todas partes, como si me hubiese encontrado
en el centro de un sol. Y, sin embargo, eso no atraía excepcionalmente mi
atención. Mi corazón parecía haber recibido una nueva herida, como de una
flecha de amor de Dios y de la dulcísima Madre. Esta se mostraba
inconmensurablemente bella, y el esplendor de su majestad hubiera oscurecido el
resplandor del sol.
Eso
duró bastante rato, sin que de una y otra parte fuese pronunciada una sola
palabra. Yo la contemplaba sencillamente con una tranquila y afectuosa mirada,
toda llena, sin embargo, de admiración y ternura. Esta visión me era ofrecida.
No era el resultado de una actividad u operación naturales. Esta contemplación
luminosa y tan sencilla era tan eminente y pura, sólo en el espíritu, que no
era tolerado el menor movimiento de las otras potencias. Hubiesen oscurecido
esta contemplación. Me era preciso abandonar todo, permaneciendo en un estado
de pura receptividad en lo que atañe a todo lo que le agradase a Dios operar en
mí.
La
amorosa Madre no me decía nada. No me hacía ninguna caricia. Pero su mirada
estaba llena de afecto, de amistad, de benevolencia. Estaba yo plenamente
saciada por la simple vista de su dulcísima presencia en Dios. Ella estaba
encerrada en el Todo y completamente cubierta de su sombra. Porque yo la veo
siempre en una tal unión.
He
notado hoy lo que a continuación diré, a fin de que vuestra Reverencia pueda
examinarla con todo lo demás. La amorosa Madre me colma de gracias y de
favores. Jamás me ha venido al pensamiento osar esperar, tan sólo, semejantes
cosas. Estoy favorecida actualmente con un gran número de visitas de la amorosa
Madre, que me ha tratado en ellas muy familiarmente.
Nuestro
amor por ella se ha acrecentado de manera maravillosa. Este amor no es
solamente una dulce ternura, una ingenua e inocente afección filial - lo que
sería completamente natural -, sino que es, además, un amor que quema y que
hiere. Me enloquece y embriaga el considerar la acogida tan dulce y afectuosa
de mi muy amorosa Madre, y que ella parece haberme adoptado como a su hija muy
amada.
Pero
¿no es ella también mi queridísima Madrecita, puesto que me derrito de amor por
ella? Hace dos días me ha concedido reposar y dormir sobre su seno durante una
hora o tal vez más. Me ha consolado de manera muy evidente. Me ha librado de
una cierta tentación del enemigo en una forma clara y patente.
El 11
de agosto de 1668, mientras los religiosos cantaban la Salve Regina y las letanías, experimenté una
particular alegría y un contento de corazón, porque me pareció ver que la
dulcísima Madre permanecía entre sus queridos Hermanos y se complacía en ello.
La alabanza, el reconocimiento, la respetuosa devoción que le eran atestiguadas
parecían agradarla extremadamente.
Al ver
esto, rogué a la amorosa Madre que, puesto que ella encontraba tanta
satisfacción en estas cosas, se sirviese dar a cada uno, a título de
recompensa, su bendición maternal, a fin de aumentar en ellos la gracia; y que
todos pudiesen perseverar en su servicio en perfecta pureza de corazón, en amor
y en devoción. De esta manera ella encontraría siempre más placer y satisfacción
en cada uno de ellos.
Llena
de agradecimiento, me he alegrado porque la amable Madre se ha dignado llamarme
a formar parte de semejante Orden.
Veía
también con qué amor de predilección amaba a esta Orden, por orientarse
totalmente al servicio de su culto y de su amor y porque celebraba sus fiestas
con tanta devoción, afecto y respetuosa familiaridad, como verdaderos hijos y
como sus Hermanos.
Por
todo ello, me sentía dichosísima de poder, como ellos, refugiarme bajo su
guarda maternal y ser un pequeñísimo miembro, un pequeño sarmiento de esta Viña
del Carmelo, en donde me gustaría producir frutos en abundancia para la
satisfacción del Bien-Amado y de la amorosa Madre.
El 12
de agosto [1668], durante el rezo de la
mañana, desde el principio y sin saber cómo, fui arrebatada y hecha prisionera
en el amor de mi Bien-Amado y de la amorosa Madre.
La
operación de este amor era sencilla, indeterminada y completamente absorta.
Podía muy bien llamarse una manera de amar sin modo ni medida; porque me parece
que el alma pasaría en ello largas horas, incluso jornadas enteras, sin
experimentar cansancio y sin poder decir ciertamente lo que ha hecho durante
este tiempo, lo que ha pensado ó lo que Dios ha obrado en ella.
Se acuerda
solamente que, durante todo ese tiempo, ha reposado dulcemente, ha dormido un
sueño de amor sobre el seno de esta amorosísima Madre, a la manera de un
inocente niñito. Pero el alma experimenta la dulzura de una saturación. Está
satisfecha y no puede anhelar ni desear más y mejor que reposar así. Él cuerpo
mismo parecía equipararse al estado de un niño que reposa sin saberlo, sin
tener conciencia de ello.
Este
estado de reposo ha perdurado durante el Oficio. La recitación no era un
impedimento porque la hacia de memoria.
Por
otra parte, me parecía que esta recitación era hecha por otra persona. Sin
embargo, en las antífonas y en los Versículos me parecía como que salía
bruscamente de este dulce sueño y que, despierta ya, me ponía a glorificar,
alabar, bendecir e invocar esta tan dulce Madre, con una enorme alegría en el
corazón. Y después volvía a caer pronto en este bendito sueño.
Cuando
han pasado estas operaciones en donde el espíritu recibe tanta suavidad, éste
permanece muy desprendido. No le quedan ya imágenes, como si no hubiese tenido
ninguna.
Es
necesario, por otra parte, que eso sea así; y si no lo fuese me sería preciso
tender a ello aun con trabajo. Porque no me es permitido nunca poseer en el
espíritu la menor imaginación, que, sería una sujeción, ni el menor sentimiento
natural de posesión, por muy bueno y santo que fuese su objeto. Eso turbaría la
pureza del corazón. La representación de las cosas buenas y santas no es
excepcionalmente tolerada más que en tanto Dios trabaja el alma en este sentido
por su gracia sobrenatural y sus emociones. Pero nunca fuera de esto.
No
siendo en este tiempo, el espíritu debe mantenerse separado de los sentidos y
de las potencias sensibles. Es preciso entonces permanecer en una profunda
soledad de espíritu, a fin de contemplar y de adorar el Todo y el Ser sin
imagen de Dios y de darle una adhesión exclusiva. Esta contemplación se hace
por una sencilla y pura mirada de la fe y por una conformidad amorosa de la
voluntad tendiendo al único y Soberano Bien, nuestro fin más alto.
No
obstante, a continuación de las operaciones que he descrito más arriba, el amor
se encuentra considerablemente aumentado. Me queda constantemente en el fondo
del alma una chispa de esta dulcísima inclinación de amor hacia la amorosa
Madre y el Niño Jesús. Esta chispa viene a ser habitual y, por así decir,
esencial; aunque a la menor ocasión - sea que oigo sus alabanzas o las digo yo
misma, sea a la vista de una de sus estatuas - el amor brota pronto, tierno,
ingenuo, dulce y filial. La sangre fluye al corazón. El corazón tiene brincos
de alegría y de gozo. Me ruborizo, como si estuviese sumida en una embriaguez
espiritual o como uno de esos enamorados locamente entusiasmados, cuando se
hace ante él el elogio de aquella a quien ama.
Pero
fuera de ese tiempo, todo debe permanecer tranquilo, sencillo, oculto,
interiorizado, únicamente dispuesto al recogimiento donde, en la unión sin
intermediario con Dios, se pueda vivir en Dios solo.
Otra
continuación de esto es el crecimiento de mi celo y del ardor en propagar su
culto y su gloria. Querría atraer a todo el mundo a su amor, a su servicio, a
su devoción; y que todos, en sus necesidades espirituales o temporales, tomen
dulce y amorosamente sus recursos de ella, con toda confianza, como un niño
refugiándose junto a su madre muy amada y muy amante.
Tal es
este crecimiento en mí, que en todas las ocasiones que se presentan cada día el
alma se siente impulsada, por instinto, en un brote de amor y filial confianza,
a volverse hacia ella para confiarle todas necesidades, tanto las suyas propias
como las de los demás.
Me
sucedió sentirme presa de un gran temor de haber sido, poco a poco, engañada
por el demonio, de suerte que me habría encontrado con las manos vacías al fin de
mi vida. Muy deprimida y con el alma cansada, he buscado refugio cerca de mi
queridísima Madre. Con gran confianza, y como un niño, le he confiado mis
dolencias.
Y he
aquí que, de repente, me he visto como un niño a quien la amorosa Madre lleva
de la mano. Y fui conducida a una inmensa y profunda soledad del espíritu,
donde el demonio no tiene acceso y donde no me puede alcanzar para
atormentarme, turbarme y tentarme.
Cuando
fui colocada allí, la amorosa Madre desapareció. Pero yo permanecí allí, muy consolada
y fortificada, en la entera certidumbre de que no era una ilusión. Estaría
dispuesta a morir para atestiguar la veracidad de este hecho. En un instante me
sentí tan fortalecida y llena de valor, que hubiese afrontado todos los diablos
del infierno. No temía las malicias, las asechanzas, las violencias que pueden
hacer a un alma, y no les daba más importancia que a la picadura de una mosca.
En
sencillez y silencio había llegado, de una vez, al recogimiento, seguido de una
firme adhesión a Dios, sin intermediarios. Era una unión con todas las
potencias del alma, inflamadas del fuego del amor divino. Por este medio, mi
alma estaba como introducida y fundida en Dios, hasta el punto que no tenía ya
conciencia de ella misma y que estaba como absorta y transformada en su
Bien-Amado.
Creo
que la amorosa Madre me ordena explicar con un poco más de extensión lo que
gratuitamente se me ha concedido a veces experimentar y gustar de esta vida en
María o «Vida Mariana».
Ahora
veo claramente que he hecho mal en retractarme y hacer modificar lo que había
escrito a vuestra Reverencia en relación con un grado un poco más elevado que
la simple unión con Dios y al cual la amorosa Madre me había hecho ascender.
Porque ello es realmente como le escribía entonces a vuestra Reverencia.
Por la
gracia divina se puede uno remontar algunos grados en el estado de perfección,
a pesar de que el estado de pureza y simple unión con Dios sea el más supremo.
Es muy
cierto, sin duda, que Dios es el único y supremo fin. En la obtención,
contemplación y fruición de este Bien Supremo está contenida toda la dicha y
toda la felicidad del alma, en esta vida y en la otra. En este sentido el alma
no puede tender ni alcanzar más allá.
Pero,
en otro sentido, el alma puede, sin embargo, desear más y tender a ello, y eso
de alguna manera que presente analogías con el estado de las almas
bienaventuradas del cielo. Los Santos poseen todos una gloria, una felicidad,
una alegría, un gozo, una saciedad que les vienen de la contemplación del amor
y de la fruición de la Faz divina y del Ser Divino. La luz de gloria y el amor
santificante les traspasa y les hace resplandecientes, y es en esto en lo que
reside su dicha suprema y su beatitud.
Se
sabe, sin embargo, que los santos y bienaventurados reciben, además, una gloria
y un gozo suplementarios, cada uno en la medida de sus méritos o según la
conveniencia de Dios. Una cosa análoga pasa en esta vida cuando ciertas almas
están favorecidas de dones, gracias y favores suplementarios, por los cuales,
si se me permite decirlo, vienen a ser en esto semejantes a los santos y
alcanzan un género de vida de unión y de fruición en Dios más excelente.
En
este sentido, esto constituye un grado un poco más elevado todavía que el de la
simple unión mística, y que se puede llamar verdaderamente un grado más
eminente. Pues lo que y experimento y gusto de esta vida en María - o vida marieforme - me parece ser una
doble vida, como la vida en Cristo - o cristiforme - es una doble vida. Empero,
la vida sobrenatural sigue siendo una.*
* En este párrafo hay unas evidentes imprecisiones teológicas. Esa
perfección, de que habla María de Santa Teresa, como una superación de la unión
mística simple, no puede afectar al modo sustancial de la misma unión con Dios;
es sólo de orden accidental: no puede existir ese otro grado más eminente, de
que habla, como sustancialmente distinto de la simple unión mística a Dios. Se
trata sólo de un aumento accidental de unión mística análogo - como la misma
autora insinúa más adelante - a la perfección accidental que en el cielo supone
la contemplación de la Humanidad de Cristo y de la Santísima Virgen. Es
necesario ser comprensivos con las imprecisiones de los místicos - sobre todo
si no son teólogos -, para los que el lenguaje humano resulta limitado e
incapaz.
Aquí
querría precisar un poco cómo concibo que esta vida es doblemente divina y cómo
constituye un grado ligeramente superior al de la pura y simple unión a la sola
Deidad.
Esta
simple unión puede compararse a la gloria esencial o real, mientras que la otra
se compara mejor con la gloria sobreañadida o adventicia, de la que los
bienaventurados se encuentran favorecidos, aparte de la gloria esencial.
A
veces se me muestra y se me da una vida de espíritu en María, un reposo en
María, un gozo, una fusión, una pérdida, una unión en María,
He
aquí cómo esto se obra: con toda sencillez, desnudez y tranquilidad, el
espíritu vuelto hacia Dios, y esparcidas en su ser mis imágenes por la
adhesión, contemplación y fruición de este ser absolutamente simple, sucede a
veces que mi alma experimenta al lado de esto una unión también, una
contemplación, una fruición de María en tanto que ella es una con Dios y unida
a Él. Gustando de Dios, gusto también de María, como si ella no fuese más que
una con Dios y no distinta de Él. Por más que Dios y María no parecen ser para
el alma sino un solo objeto, casi a la manera de la Santa Humanidad de Cristo,
que se contempla unida a la divinidad, en unidad de Persona.
Aunque
no exista en María la unión personal con la Deidad, como se realiza en Cristo,
sino únicamente una santa y grata unión, ésta es, sin embargo, infinitamente
más excelente en ella que en la más eminente de las criaturas.**
Para
el alma que contempla, Dios muestra a María perfectamente unida con Él y a Él,
sin que sea posible distinguir intermediario alguno en esta unión. Me parece
entonces besar y abrazar a María en una maravillosa licuefacción de mi ser en
ella, al mismo tiempo que en Dios.
A
veces, también me parece estar tomada y encerrada en su corazón, muy puro, muy
amable y ardiente. Y quedo como embriagada y loca de amor por ella al mismo
tiempo que por Dios, derramándome por completo en esta unión.
Y así
se realiza una vida divina, a la vez doble y sencilla, que constituye una
manera pura, noble, elevada y perfecta de amar a nuestra santa Madre; aunque
muy pocos conocen esta vida por experiencia. Esta vida por María y en María, al
mismo tiempo que para Dios y en Dios, está reservada propiamente a sus
verdaderos enamorados, a los niños mimados que ella ha escogido.
No me
sorprende nada que nuestro San Pedro Tomás haya estado constantemente ocupado
en la amorosa Madre y que haya tenido
para ella una devoción, un amoroso atractivo, una atención y un amor tan
singulares, que parecía no poderla olvidar un solo instante. Su corazón y todas
las potencias de su alma estaban sobremanera saturadas del conocimiento de
María, de su recuerdo y de su amor; y cualquier cosa que hiciese, que hablase,
que comiese, que bebiese, todo estaba endulzado en este amor y en el dulce
nombre de María. También recibió en su corazón la huella de su dulcísimo
nombre, ya que la gran costumbre que adquirió de llevar prendida a María en su
corazón y a amarla con un ardiente amor le hizo fundirse, en cierto modo, con
María, unirse a ella misma por un tiempo, quedar como transformada en ella. Por
el amor se había cambiado o perdido en ella, al mismo tiempo que en Dios, pues
el uno no va jamás sin el otro.
** Es
claro que la unión de la Santísima Virgen con la Esencia divina no supone una
identificación o confusión de naturalezas, que permanecen perfectamente
diferenciadas, sino que dicha unión pertenece al orden intencional. La
comparación que la mística autora hace con la unión hipostática que se da en
Cristo, es hiperbólica. Repetimos la necesidad de ser comprensivos con ciertas
imprecisiones de los místicos no teólogos.
La
vida mariana - la vida en María, por ella y con ella - debe su nobleza toda, su
dignidad, su eminencia y su perfección a la unión con Dios de la que goza la
Santísima Virgen, así como a la superabundancia y a la participación de las
gracias, propiedades y perfecciones divinas infusas en ella, por así decirlo,
sin medida. ella las posee, en verdad, de una manera que el hombre no puede ni
expresar ni concebir, y que es en ella infinitamente más eminente que en el más
puro de los seres creados.
La
vida mariana saca también su nobleza y su excelencia, como de un abismo
inagotable de todo bien, en este hecho que el alma contempla, ama, estrecha a
María, considerándola como saturada, iluminada, o transiluminada de la
divinidad a la cual está unida.
No
estaba esta simultaneidad en la contemplación; esta última se haría
considerablemente más grosera y menos perfecta. Pues si debiéramos contemplar a
María, amarla, estar impulsados hacia ella de modo parecido a como lo estamos
hacia un ser creado, en lugar de contemplarla en su unificación con Dios, esta
contemplación producirla necesariamente algún amor natural o sensible, lo que
pondría un intermediario entre Dios y el alma, conduciendo a ésta a la
multiplicidad.
Porque
tal como es el objeto, tal es también el amor que de él se deriva. Si el objeto
es sobrenatural y puramente espiritual, el amor que le es proporcionado también
lo es.
Hay en
mi alma un resplandor que me hace comprender por qué la amorosa Madre está más
unida a Dios, más sobresaturada del ser divino, y por qué, en consecuencia, participa
de los atributos y de las perfecciones de Dios, más que los Santos más
eminentes o los espíritus angélicos.
La
razón de esto es que Dios la hizo digna de concebir en su carne virginal el
Verbo Eterno del Padre. Habiendo morado durante nueve meses en ella el Verbo
unido hipostáticamente a su santísima Humanidad, su naturaleza, su alma, su
cuerpo, fueron divinizados, hechos divinos, sobresaturados, plenamente
absorbidos. Fueron transformados y como cambiados en Él mismo por el lazo
potente e infrangible del amor que el Verbo Eterno lleva a María y del amor
recíproco de ella a Él, y eso en una medida sin medida y de una manera
incomprensible.
El
Bien-Amado me hace comprender y ver, por los ojos iluminados por la fe, la excelencia
de María, su incomprensible elevación, su potencia y su autoridad. Porque Dios
la ha establecido mediadora, para toda la eternidad, entre Su Majestad y el
hombre y abogada, la que aplaca la justicia divina.
Veo
con evidencia que Dios la ha hecho dispensadora de todas sus gracias divinas,
de sus favores, de sus bondades hacia el hombre; de tal suerte que
absolutamente nada se derrama o desciende gratuita y graciosamente sobre el
hombre si no es por intercesión de esta venerabilísima Madre. Todo debe pasar
por sus manos generosas como la lluvia pasa por un canalón o discurre por una
acequia. Dios ha querido engrandecería con estas prerrogativas porque Él la ha
hecho digna, entre las demás mujeres, de ser su Madre. Y por eso la ha hecho
tan semejante a Sí mismo, la ha revestido de sus atributos divinos, y hasta tal
punto la ha unido a su Padre, que ella se me aparece como una con Dios...
Esto
explica el hecho de que nuestro corazón se queme con semejante ardor en este
amor, y por qué - sobre todo en las épocas de las fiestas de María - se
experimente, casi sin interrupción, un cierto calor divino hacia el corazón, en
el pecho, un calor tan distinto del calor de orden natural. De la misma manera,
no puedo perder su recuerdo ni un solo instante durante todo el día, lo mismo
que no puedo olvidar al mismo Dios. De aquí proviene que me pierda en ella por
el Amor, que me funda en ella y esté como consumida. Porque este amor, a la vez
potente, ardiente, fuerte, y sin embirgo muy Intimo, me conduce hasta el olvido
de mí misma y de todo lo creado; y sus llamas interiores ascienden hacia lo
alto y levantan a la vez el alma y el cuerpo. Desconozco, por otra parte, si
este hecho se realiza verdaderamente así.
Mi
dicha y mi alegría son tan grandes, tan superabundantes, al ver cuál es su
potencia, su majestad, su elevación, su honor, y cómo ella es inexpresablemente
amada por Dios, que no sé ya qué hacer o qué decir para dar gracias, para
alabar, para exaltar a Dios y a la Virgen en proporción con la luz y el conocimiento
que recibo en ese instante. Pero, sintiéndome incapaz de hacerlo, permanezco en
un íntimo silencio y en el reposo del amor. Porque el espíritu desfallece de
extrañeza y de admiración ante la inmensidad de este admirable misterio que
está por encima de su comprensión, y se siente vencido y cautivo, dejando a la
voluntad sola en su ocupación de amar.
En su
bondad, Dios me concede también la gracia de respirar muy suavemente en María,
de vivir en ella, experimentando una dulzura excepcional en oír, en pronunciar
este nombre infinitamente dulce, incluso en pensar en él solamente. Hasta tal
punto que mi alma y mi corazón parecen fundirse en ternura y en un íntimo
sabor. Igualmente, no pudiéndome saciar de repetir este nombre, sea con los
labios, con el corazón o con el pensamiento, experimento un placer espiritual
tal, un contento, una alegría, un placer y tales arrebatos de corazón, que me
parece cada vez que una nueva llama brota de mi alma.
Es por
eso por lo que yo me he regocijado tanto y he bendecido a Dios por la
instauración de la gloriosa fiesta del Santo Nombre de María [domingo después del 8 septiembre, fiesta de la Natividad
de María], así como por el favor hecho a nuestra Orden, con
preferencia a otras, de poderla celebrar con tanta solemnidad.
Pero
he tenido algo de tristeza al ver la poca devoción y celo de las gentes y,
sobretodo, de las hijas espirituales y hermanas en religión que se muestran tan
poco diligentes en los solemnes oficios de este día.
Aquel día
se imprimió en mi alma una cierta visión mostrándome cómo Satán parecía rugir y
arañar de rabia, de pena, de odio y de despecho porqué este nombre glorioso y
dulcísimo se encontraba así honrado y ensalzado.
Esta
visión aumentó mi alegría, mi contento y también mis acciones de gracias hacia
este Dios que había inspirado todas estas cosas. Mofándome de Satanás, yo le
decía:
«¡Oh
villana bestia, cómo debes sentir que esta Virgencita te haya machacado la
cabeza y haya arrebatado tu potencia! Ya no puedes nada, y no eres más que una
pobre, una débil mosca, desde el instante en que esta dulce y amable Virgencita
quiera poner en obra su potencia y su autoridad. Pero, ¡oh bestia maldita y
condenada!, no impedirás, sin embargo, que ella sea exaltada, honrada, querida.
No puedes nada contra ella, ni incluso contra aquellos que la aman y ponen en
ella su confianza. Yo me glorío de que tenga tanto imperio sobre ti. No temo ni
tus asechanzas ni tus violencias, ni ahora ni en la hora de mi muerte. Porque
espero que entonces, como ahora, llevaré su dulcísimo nombre grabado en mi
corazón; y cuando veas este corazón sellado con este sello divino, no tendrás
la audacia de aproximarte».
Todavía
me fue dado un pequeño resplandor de inteligencia más claro en relación con
esta vida en María, para María y dirigida hacia ella. Toma ahora un sentido más
general, y su práctica es más común que en todo lo precedente.
He
aquí las palabras en donde encuentro las claridades que me permiten explicar lo
que entiendo y experimento de todo esto. Estas palabras son: Que el alma vale más por el amor infuso que por la
actividad que pueda producir.
Esto
confirma todo lo que he escrito anteriormente sobre esta vida en María y es,
sobre todo en este sentido, como hay que entender esta fusión, este goce, esta
unión en María y con ella, y la transformación en ella de la cual he hablado.
Porque la naturaleza del amor es unir a él el objeto amado. También el amor
hace compenetrarse y fusionarse al que ama con el que es amado, hasta lograr la
apariencia de una misma cosa. En este sentido, el amor tiernísimo, ardiente y
unificador conduce al alma que ama a María a vivir en ella, a fundirse en ella,
a unirse en ella, y a otros efectos y transformaciones, conforme a su género y
naturaleza, porque se encuentra en un estado de perfección y posee su plena
eficiencia, sobre todo cuando el Espíritu divino conduce así su amor y le
estimula.
Así
pues, cuando el Padre Eterno envía a nuestros
corazones el Espíritu de su Hijo, gritando: ¡Abba!
¡Padre! (Gal. 4,6), cuando nosotros obramos y cuando no obramos, es
decir, cuando Él pone en nosotros una ternura, un amor de hijos hacia el Padre
del cielo, entonces este Espíritu del Hijo pone además una ternura y un amor de
hijos hacia esta infinitamente dulce y amorosa Madre Y, en este sentido, el
Padre Eterno envía también en nuestros corazones al Espíritu de Su Hijo,
gritando: "Madre, Madre!". Porque es un solo y mismo espíritu - él
Espíritu de Cristo - quien suscita en las almas este amor filial y esta vida en
María, como suscita un amor filial y una vida en Dios; y todo esto de la misma
manera en que fue realizado en Nuestro Señor Jesucristo.
Todo
esto son misterios que yo paso guardando un santo silencio. Pero cada uno puede
tener la experiencia de ello en la medida de su amor.
El miércoles
y el jueves, días 19 y 20 de septiembre de 1668, ha placido a la bondad de Dios
hacernos comprender más claramente la grandeza, elevación, eminente dignidad,
así como la majestad, la autoridad y el poder de la amorosísima Madre, al mismo
tiempo que el incomprensible e inexpresable amor que Dios tiene por ella. Y, de
este abismo de amor que existe en su divino Corazón, Dios ha sacado una tal
superabundancia de gracias sin número, de privilegios y de prerrogativas, que
no le hubiera sido posible, por así decir, dar más ni hacerla más eminente o
más digna, más bella, más insigne que su Majestad lo hubiese hecho.
En
este sentido, el supremo poder, la sabiduría y la bondad de Dios no podían producir
una criatura más noble, más pura, más digna, más bella y más eminente que su
amorosa Madre, nuestra Madre.
Veo
con evidencia y comprendo que por una inefable complacencia hacia esta amorosa
Madre, Dios se ha como volcado en ella y la ha colmado y revestido de sus
atributos divinos y de sus perfecciones en la medida que un ser creado podía
recibirlos. Ella no podía recibir más de lo que ha recibido; porque, habiendo
llegado a un clarísimo conocimiento y a un ardiente amor de Dios, por la gracia
divina infusa y a causa de su flexibilidad para responder y para cooperar, se
ha elevado por encima de los más eminentes Coros angélicos.
Y por
esto el Ángel Gabriel la saludó diciendo: Yo os
saludo, llena de gracia (Lc 1,28). En efecto, está tan sobresaturada
de gracias que esta superabundancia desborda sobre nosotros, en este triste
valle de lágrimas. Ella humedece y riega la tierra de nuestras almas con una
abundancia de gracias que excitan, previenen, acompañan, fortifican y nos hacen
perseverar. Hace fértil esta tierra y produce obras virtuosas y meritorias,
útiles y necesarias a la salud del alma.
¡Ah,
qué multitud de gracias no veo yo descender sobre nosotros, que nos son dadas y
repartidas por esta amable mano y pasar así por este divino conducto! Creo ver
que Dios colocó la salud de todo hombre en las manos de esta amorosísima Madre.
Pero veo al mismo tiempo que los cuidados de esta querida Madre se dirigen al
único objeto de conducir a todos los hombres a la beatitud. Y a pesar de que
ella permanece en la alta función y contemplación del Ser Divino, no olvida,
sin embargo, nuestra miseria y nuestras necesidades. Sus miradas, todo bondad,
compasión, ternura y afección maternal, son, por así decir, dirigidas sin cesar
hacia nosotros, para ayudar, socorrer, consolar, en el peligro, tanto físico
como espiritual, a todos aquellos que la imploran con confianza, de modo
parecido al águila, que, a pesar de la altura de su vuelo y fijar su mirada al
sol, no olvida a sus pequeños, y en todo momento sus ojos se fijan vivamente
hacia ellos, tratando de ver si les falta algo o si, de un punto cualquiera del
horizonte, llega un ave rapaz que pueda hacerles algún daño.
Es por
esto por lo que nosotros estamos obligados a servir a esta amorosísima Madre y
honrarla y amarla con toda la ternura de un amor filial.
Estos
verdaderos conocimientos propuestos a mi alma, y otros semejantes, hacen crecer
la altísima admiración, el respeto y el amor hacia la amorosa Madre y dan a
estos sentimientos más estabilidad, sencillez y pureza. Parece que nuestra
ternura no puede estar ya separada de ella. El corazón está como herido por una
llama amorosa que eleva el alma, con una fuerza única, hasta la consumación del
amor. Porque cada aspecto nuevo de las maravillas que Dios realizó en ella y
del amor que Dios le atestigua atrae al alma hacia una profundidad o hacia una
altitud de admiración, donde contempla estas cosas con el corazón ardiente y
donde permanece como absorta, encontrándose el espíritu, por otra parte,
incapaz de comprender las maravillas que son aquí reveladas.
Pero
el amor, al no estar todavía colmado, sube hirviendo de lo más secreto del
corazón y querría proclamar su admiración. Busca nombres que revelasen la
grandeza y la dignidad de esta amorosísima Madre mía, y palabras capaces de
alabarla, bendecirla y engrandecerla. Entonces, también el amor pronuncia cosas
singulares para bendecir, alabar y exaltar a aquella que ama tanto,
pareciéndose al enamorado locamente arrebatado, que no sabe ya qué inventar
para hacer valer en su más alto grado la belleza de su amada.
Un
pequeño resplandor se me dio, en el cual el Bien-Amado me hizo ver que Dios
encuentra más satisfacción y se complace más en la amorosa Madre y que, por
consiguiente, le tiene más amor que a todos los santos reunidos.
La
gracia divina me da ocasión de experimentar que esta vida marieforme, o sea,
en, con y por María y, simultáneamente, en Dios, para, con y por Él, puede
practicarse con una simplicidad, una interioridad, una abstracción de espíritu
casi tan grandes como la vida en la sola y pura Deidad.
Aunque
en estos momentos no subsisten en el espíritu más que muy pocas
representaciones de la persona de María, toda vez que el alma ha sabido
considerarla unida a Dios y en Dios, con una tranquilidad perfecta, una
simplicidad, una intimidad, una ternura, las tres facultades de la memoria,
inteligencia y voluntad, están ocupadas en María y en Dios a la vez, hasta el
punto que mi alma no puede apenas darse cuenta del modo o de la naturaleza de
las nociones que la atraviesan entonces. Pero, de una manera confusa, conoce,
sin embargo, y siente muy bien que la memoria se ocupa en el recuerdo
simplicísimo de Dios y de María; que la inteligencia posee un conocimiento
despojado, puro y verdadero o una contemplación de Dios presente y de María en
Dios; y que la voluntad, por un amor muy tranquilo, intenso, dulce, tierno y,
sin embargo, muy espiritual, se adhiere a Dios y a María.
Llamo
a este amor «espiritual», puesto que parece arrojar en este momento sus
destellos y actuar en la parte superior del alma, en un desasimiento de la
parte inferior o de las potencias sensibles, siendo de esta manera mejor
proporcionado a la íntima fusión, a la inmersión y a la unión con Dios y, con Él,
en María y con María.
En
efecto, como las potencias del alma, de una manera eminente y perfecta, no
tengan más ocupación ni preocupación que el pensamiento, el conocimiento y el
amor de Dios y de María, sobreviene una tan íntima y firme adhesión del alma
entera a Dios y a María, que, por un amor de fusión, parecen transformarse en
un solo ser los tres juntos: Dios, María y el alma, como si los tres estuviesen
fundidos en uno solo, inmersos, absortos y transformados en uno solo.
Tal es
el fin último y supremo que el alma puede alcanzar en la práctica de esta vida
mariana. Tal es el único fruto o, al menos, el principal efecto de este
ejercicio de amor.
María
se hace un medio y un vínculo más firme atando y uniendo al alma con Dios. De
esta manera da ella al alma amante un alimento y una ayuda que le permiten
alcanzar, con mayor seguridad y perfección, la vida contemplativa y unitiva,
que transforma en Dios, y permanecer allí, como ha poco le he escrito a Vuestra
Reverencia.
Esta vida
mariana en María no satisface a la mayoría de los espíritus místicos y almas
contemplativas. Son de otro parecer, como si esta vida en María debiese ser un
impedimento para la más pura unión y fruición en Dios, durante la silenciosa
plegaria interior, y así sucesivamente. Tal como entienden la cosa y se la
imaginan, les parece demasiado grosera, demasiado material y múltiple; porque
ellos no han comprendido la verdadera y simple manera de practicarla totalmente
en espíritu.
A
pesar de todo, es el Espíritu quien actúa y dirige aquí, incluso cuando a esta
contemplación, a esta atracción; a éste amor del alma, parece mezclarse un poco
más la actividad de las potencias sensibles. En este caso no hay el menor
impedimento, ni el menor medio interpuesto entre el Bien supremo, entre el puro
Ser de Dios y el alma. Existe en ello más bien una ayuda proporcionada al alma,
que le permite llegar más fácilmente a Dios y establecerse en Él de una manera
más perfecta; y eso por las razones que diré más tarde.
Que
estos espíritus eminentes se pongan en guardia ante la vida de tantos santos,
incluso de los que tuvieron una gran excelencia en la vida contemplativa y
mística, tales como San Bernardo, San Buenaventura, Santa Teresa, Santa
Magdalena de' Pazzi y tantos otros. Verán con facilidad que éstos fueron
notables por su devoción hacia la amorosa Madre y por su vida mariana; y que su
amor, muy tierno, inocente y filial, hacia María no aportó, en absoluto, ningún
obstáculo a su vida divina en Dios.
La
razón radica en que el Espíritu de Dios les movía así oportunamente, sin que su
adhesión y unión a Dios fuese por ello más mediata, pero de manera que
encontrasen allí, al contrario, un alimento y una más firme adhesión a su
deiforme y divina vida.
Todavía
debo hablar aquí de una cosa admirable que siento y experimento en relación con
esta vida en María y en Dios. No sé verdaderamente si me entiendo bien. Pero,
por esta costumbre de poseer así a esta amorosa Madre en el corazón y en el
sentimiento parece que nuestro espíritu es dirigido, vivido, por así decir, y
poseído por el espíritu de María, tanto en el obrar como en el padecer; y que
el espíritu de María obra todas estas cosas a través de mí, lo mismo que
precedentemente el Espíritu de Jesús parecía dirigir y ser la vida de mi alma,
que durante un tiempo parecía poseída por Él. Entonces el Espíritu de Jesús
obraba todas estas cosas a través de mí; y, bajo su conducta y su acción, yo
era como arrastrada y pasiva. Hubo en mí un conocimiento experimental de la
vida de Jesús que se me manifestó.
Es
casi de la misma manera como el espíritu de María parece vivir en nosotros
ahora, y mandar a los movimientos de las potencias del alma, moverles e
impulsarles, sea al acto, sea al no-acto, a fin de hacerles vivir en Dios de
una manera nueva y que hasta ese día no experimentaba aún. María parecía como
nuestra vida o como una tibia atmósfera dando la vida y en la cual y por la
cual respiramos nosotros una vida en Dios de una manera más noble y elevada que
nunca.
Si digo:
manera más noble y más elevada, es una
manera de expresar que esta forma de vivir en Dios, en y por María, es más
fácil siendo más proporcionada a nuestra débil capacidad receptiva, porque en
tanto que permanece ligada a nuestro cuerpo mortal, nuestra mirada interior
queda demasiado apagada y demasiado débil para contemplar a Dios en plena
claridad, tal cual es, y no lo puede hacer más que a la oscura luz de la fe.
Pero
cuando recibimos la gracia de poder contemplar a Dios y de amarle en María
unida a Dios, entonces Dios se muestra en María y por ella, como en un espejo.
Y los rayos y los reflejos de su Deidad están más proporcionados a nuestra
pequeña capacidad y a la debilidad de apreciación de nuestra inteligencia. De
esta manera nos es posible perseverar durante más tiempo en la contemplación y
la fruición de Dios, así como conocer y descubrir de una manera más precisa y
clara sus divinas perfecciones y sus atributos.
Lo
mismo se puede decir aquí de un hombre que sintiese la curiosidad de ver el sol
con mayor detalle. No se arriesgaría a zambullir su mirada de lleno en los
rayos solares, porque estaría expuesto a perder la vista o a dañársela. En
efecto, su vista es demasiado frágil y demasiado débil para recoger la enorme
claridad y el resplandor del sol. Entonces toma un espejo, donde verá
claramente la imagen del sol, con sus resplandecientes rayos, y no tendrá
ninguna dificultad ni trabajo. ¿Por qué? Porque este espejo atenúa el ardor de
los rayos y les presenta y refleja proporcionados a su potencia visual. De esta
manera ve el sol claramente, como si no hubiese entre éste y su ojo ningún
medio interpuesto. Ya que no se detiene en el espejo, sino en el sol que allí
descubre, sin que el ojo pueda separar el sol del espejo.
Lo
mismo ocurre con Dios y la amorosa Madre, que se deben considerar como un todo
y como si formaran un solo objeto de contemplación: Dios en María, y María en
Dios, sin distinguir el uno del otro. Entonces se verá que la amorosa Madre es
un espejo sin una mancha, en el cual Dios se nos muestra con todas sus
propiedades divinas, sus perfecciones, sus misterios, y eso de una manera que
puede más fácilmente comprender y recoger la pobre capacidad de nuestra
inteligencia.
La
vida sobrenatural del alma en María, por ella, con y para ella, continúa y
crece en una perfección y estabilidad más grandes. Lo que yo siento aquí, lo
que experimento y gusto es particularmente admirable; y por mi parte no he
leído ni oído decir nada semejante.
Por
así decir, parece que la amorosísima Madre sea la vida de mi alma, y es, pues,
el alma de mi alma. De una manera evidentísima y de la que me doy perfecta
cuenta, produce y origina la vida del alma en Dios, o vida divina, y eso por un
influjo místicamente perceptible de gracias operantes, agradables
fortificantes, excitantes y solicitantes, de gracias que acompañan, siguen o
continúan, y que permiten perseverar en esta vida en Dios con más fuerza,
constancia, pureza, etc.
Este
influjo de gracias, que dan la vida, parece emanar tan inmediata, absoluta y
únicamente de su amorosa mano, de su corazón de Madre, y que nos es dado por
ella independientemente y sin la colaboración de Dios,*** por lo que María
nos parece obrar como si ella fuese la dueña absoluta de los divinos tesoros,
de donde ella saca todo lo que a Dios le place, a fin de adornar con ello
nuestras almas y de hacerlas agradables a la mirada de Dios. Sí, Dios ha
querido siempre honrar a la amorosa Madre y exaltarla hasta tal punto que le ha
concedido poderes absolutos como Madre y Reina del tesoro de sus divinas gracias.
Y éstas, ella las tiene absolutamente y para siempre bajo su autoridad y poder.
*** Aquí hay una
evidente exageración de la autora, que así quiere mostrar cómo la acción de
María en el orden de la gracia, aunque subordinada a Dios, no es meramente pasiva,
sino también activa. De echo el influjo
de la Santísima Virgen en el orden de la gracia no puede darse, en
absoluto, con independencia de Dios, es más, la distribución de las gracias por
parte de María es dependiente y subordinada de Cristo. Todavía también es
personal, suponiendo su cooperación (como resulta evidente de la Anunciación) y
iniciativa personal y intercesión (como lo demuestran la Visitación y las bodas
de Caná).
Él
amor maternal y los favores de esta dulce Madre para nosotros se manifiestan ahora
con tanta claridad y evidencia que no puede haber a este aspecto la menor
segunda intención, ni la menor suposición de ilusión o mezcla alguna de
sentimientos de orden natural.
Me ha
tomado bajo su maternal conducta y dirección, de la misma manera que la maestra
de escuela conduce la mano del niño para enseñarle a escribir. Mientras
escribe, este niño no mueve la mano en tanto que el profesor no se la dirija,
dejándose guiar y mover por la mano del maestro.
Me
encuentro lo mismo enteramente sometida a la autoridad de esa dulcísima Madre,
que me conduce y me dirige; y mi mirada permanece fija sin cesar en ella, a fin
de hacer en todas las cosas lo que más le guste y lo que quiera.
Y se
digna mostrarme también claramente, hacerme comprender y conocer lo que ella
desea en tal o cual circunstancia, ya se trate de hacer una cosa o de no
hacerla.
Me
sería imposible, por así decirlo, obrar de otra forma, puesto que ella
permanece casi sin interrupción, enfrente de mi alma, atrayéndome de tan
amorosa y maternal manera, sonriéndome, estimulándome, conduciéndome e
instruyéndome en el camino del Espíritu y en la práctica de la perfección de
las virtudes. De esta manera no pierdo ya ni un solo instante el gusto de su
presencia al lado de la de Dios.
Esta
visión y representación intelectual, no implicando ningún elemento grosero, no
introduce en el alma ninguna multiplicidad ni medio alguno, sino que pasa, al
contrario, en una tranquilísima simplicidad.
Nos acontece
que nuestra inteligencia y nuestro corazón están orientados hacia ella, e igual
que un niño muy amante, inocente, afectuoso, dócil y sumiso, están totalmente
impulsados a dar satisfacción a esta amorosa Madre, a agradarla, a obedecerla
no moviendo a ningún objeto ni las potencias interiores del alma, ni los
miembros del cuerpo, si no es porque ella lo ordena, a ello les invite o
conduzca.
Me ha
parecido hoy que ella me estimulaba, que me pedía que le hiciese una oferta
total, un don completo, un sacrificio de todo mi ser, corazón, alma y cuerpo,
con todas sus potencias. Y lo he hecho. Me he despojado detenidamente de mi yo,
y le he dado y ofrecido todo en plena propiedad no perteneciéndome ya a mí
misma, sino toda a ella. He hecho en cierto modo un voto de obediencia,
prometiendo estar atenta a obedecer en todas las cosas a su voluntad, a sus
inspiraciones, y a seguir la conducta y las indicaciones que le pluguiese
darme, bajo reserva de asentimiento de mi Padre espiritual.
Desde
que he hecho esto siento su dirección y su acción de una manera mucho más
sensible, mucho más clara y cierta, en todo lo que debo hacer o dejar de hacer,
como si ella me llevara de la mano hacia tal o cual objeto. Cuando me es
preciso cambiar de trabajo o modificar mi actividad, todos los sentimientos de
mi corazón parecen deslizarse espontáneamente hacia esa amorosa Madre, con
ternura, dulzura, afecto, docilidad, respeto, obediencia y sumisión; es como la
mirada rápida, levantada hacia ella, de un niño bueno que quiere darse cuenta
de si tal cosa la agrada o no, y si, por consiguiente, eso agrada o desagrada a
su amado Hijo, con quien ella es un todo.
Me
parece experimentar la ayuda y el socorro de esta amorosísima Madre mía de la
misma manera que Santa Teresa los experimentaba por parte de San José, cuando
su oración y sus ejercicios interiores se desviaban un poco, y San José les
hacía marchar rectos nuevamente. La amorosa Madre actuó de modo parejo con
relación a mí, con una evidente afección y solicitud maternal.
Me infunde
luz y ciencia para conocer y practicar mejor las virtudes. Cuando por
ignorancia me acontece hacer algo que vaya en contra de la perfección (aunque
no sea más que la más pequeña sombra aparente para la verdadera virtud, y sobre
todo en materia de humildad, de pureza de corazón o de puro amor de Dios), en
seguida me enseña a corregirme, me da un aumento de luz y de prudencia en estas
ocasiones.
Lo
mismo cuando la pureza interior se encuentra disminuida por alguna intromisión
de las potencias inferiores o por el hecho de haber considerado las criaturas
fuera de la Unidad divina y de la sencillez de Dios, me enseña a simplificar
mis consideraciones, a purificar mi alma en Dios, a separarla de todas las
cosas que no sean Dios o por lo menos deiformes. Me parece que de su Corazón
maternal brota un rayo, dándome una claridad en la cual veo estas cosas y la
firme voluntad que me permite practicarlas.
Durante
la oración, la veo un poco más cerca de mí, a mi lado derecho. A veces descanso
en sus brazos y a veces sobre sus rodillas, con el sentimiento muy dulce y
tierno de un inocente amor que me hiere y me quema; pero a veces también, con
una vehemencia apasionada y repentina con impulsos del corazón u otras
manifestaciones apasionadas, como de un niño que ama. Pero todo esto se atenúa
con facilidad con tal que no se nutra con exceso.
Me
enseña aquí de una manera muy precisa cómo debo comportarme en la presencia de
Dios, y que, en la posesión y goce de Dios sólo, no puedo introducir ningún
intermediario, es decir, no tolerar nada en mi interior que no sea puramente de
Dios o de ella misma.
Algunas
veces el sentimiento, la vista y el recuerdo de esta amorosa Madre me faltan o
se atenúan, como en el niño que, durmiéndose sobre las rodillas y el seno de su
Madre, pierde también la conciencia y el recuerdo. Pero, a pesar de esto,
gracias a la amorosa e íntima adhesión a Dios solo en perfecta tranquilidad y
recogimiento de todas las potencias del alma, y gracias también al profundo
silencio interior, el alma, que ama de una manera pura, íntima y sencilla, cae
en un sueño de amor. Allí, perdiendo la noción de toda diferencia y libre de
todo retorno a su yo, se ocupa de una manera absorbente del Uno divino y se
duerme allí amorosamente.
Por
una gracia que recibo fuera del tiempo de la oración, la amorosa Madre se me
representa como un modelo o un ejemplo, a fin de que en mi vida y en mis actos
yo copie su vida y sus virtudes. La perfección de su naturaleza y de sus
virtudes se me muestra claramente; ya que, fijando sobre María la mirada de mi
alma, veo el conjunto de sus excelentes virtudes como nunca las he conocido.
Este
conocimiento o consideración se opera muy simplemente en el espíritu, no en la
forma de reflexión o discurso de la razón, sino solamente por una simple
mirada, por un conocimiento y una amorosa aceptación de la verdad, que se me
muestra y que se imprime en mí como en un espejo. Contemplando la amorosa
Madre, veo de una sola ojeada todo lo que se descubre en ella, como en un
espejo sin manchas.
Si
este favor llegase a perdurar un poco, me parece que aspiraría, bebería el
espíritu, la naturaleza, las virtudes de la amorosa Madre, de tal forma que me
parece llegaría a asemejarme a ella en muchas cosas (siempre, evidentemente,
según nuestra manera de hablar, porque nadie puede llegar a la perfección de
sus virtudes). Me parece, sin embargo, que si eso continuase, mi naturaleza se
sentiría conmovida, tales llegarían a ser las transformaciones sufridas en mí.
¡Oh!,
sería tan buena, tan tierna, tan acogedora, tan amable, tan dulce, agradable,
generosa y caritativa con todo el mundo, sin exceptuar a nadie. Y si mi pobreza
me impide realizar de hecho esta generosidad y caridad con aquellos que están
en la necesidad, me será preciso, sin embargo, llevar estas virtudes
profundamente enraizadas en mí, con una propensión de corazón, un amor, una
compasión y el deseo de ayudar a todo el mundo, si estuviese en mi poder
hacerlo, rogando a mi Bien-Amado y a la amorosa Madre se dignasen suscitar a
alguien que lo pudiese hacer efectivamente. Aunque nuestra naturaleza esté ya
bien transformada en estas materias, seria preciso que lo fuese todavía más si
yo viniera a asimilarme la naturaleza y el espíritu de mi amorosísima Madre,
como un verdadero hijo, a fin de parecerme a ella todo lo más que pudiese.
Quizá llegará
a sucederme de vez en cuando hacer un trabajo poco cuidado, olvidarme un poco
en el ejercicio de esta continua mirada levantada hacia ella, o en esta exacta
reproducción o copia de sus virtudes, tanto en el interior como en el exterior;
o aun en esta sumisión constante y esta atención a su dirección, a su conducta,
a su movimiento, a su inspiración.
Pero
desde el instante en que reparo haberme desviado, me arrojo humildemente a los
pies de la amorosa Madre y le pido afectuosamente perdón. Y después sigo con
tanta paz, amor, confianza, dulzura, inclinación y tranquilidad de mirada como
antes, sin considerarme por eso más alejada de ella. Pues me hago a la idea de
que en esta nueva vida soy muy semejante a un niño que cae a menudo y que
tropieza al andar, a causa de la debilidad de sus piececitos. Pero, poco a
poco, va adquiriendo mayor seguridad.
La
amorosa Madre me inspira y parece desear de mí que antes de tomar ningún
alimento o bebida le presente primeramente estas cosas al tiempo de pedirle
humildemente que las bendiga y que se digne santificar estos alimentos y estas
bebidas, a fin de que, santificadas por su bendición, puedan constituir y dar
un alimento tan santo a mi cuerpo que lo santifiquen y lo hagan muy divino, que
lo purifiquen de toda mala inclinación hacia el menor pecado, y que por este
medio pueda yo alcanzar la inocencia primitiva de Adán.
Desde
entonces he empezado a poner en práctica esto y se lo he enseñado también a
otros. Eso se practica con una fe maravillosamente viva, con confianza y amor,
puesto que eso me parece mostrado y pedido con harta evidencia por la amorosa
Madre.
Tal
vez se considere que actúo ahora de una manera mucho más material de lo que yo
acostumbraba; pero no es nada. Porque es uno y el mismo espíritu quien obra
todas estas cosas en mí, por mí y conmigo, sin que en ello se mezcle ninguna
solicitud de mi parte. Y eso mana con toda naturalidad de mi alma, sin mi
intervención, como si estuviese incitada y forzada a ello por una dulce
necesidad. Conservo, por otra parte, una gran libertad e indiferencia de alma,
sin sometimiento a nada, presta en todo momento a conformarme a todo lo que
guste al espíritu de hacer o de no hacer y sin preferencia por una u otra cosa.
Hoy, 4
de octubre de 1668, en la visión intelectual que tengo de la amorosa Madre, se mezclan
aún menos elementos imaginativos, pero, a lo que me parece, esta operación es
más espiritual y más sencilla.
María
se me hace presente en el sentimiento, en el corazón y en la inteligencia por
un tierno amor, por una afectuosa adhesión en espíritu y según un modo más
apacible, más Intimo y más desligado de toda imagen.
Ahora,
en efecto, el alma se siente atraída a permanecer en una íntima fruición de
Dios presente en mí, y Dios se manifiesta en mi alma de una manera
completamente nueva. En el gozo de este Bien permanezco, durante todo el tiempo
de la oración, ardiente de amor.
Y he
aquí que luego, fuera del tiempo de oración, mi tierno amor sube de nuevo como
saltando hacia la amorosa Madre. Al pasar por algún sitio donde se encuentra
una de sus imágenes, me es imposible pasar sin saludarla afectuosamente, en un
sentimiento de íntima exaltación y con el corazón lleno de alegría. Y yo le
digo: «Salud, oh Reina, Madre de misericordia; nuestra vida, nuestra dulzura,
nuestra esperanza.. .»; o también: «Os saludo, Hija le Dios Padre, Madre de
Dios Hijo, Esposa de Dios Espíritu Santo; os salúdo, oh Templo de la Santísima
Trinidad...».
Todo
eso se obra con una profunda inteligencia del sentido y de los misterios
ocultos bajo estas palabras; y esta inteligencia causa en nosotros una
maravillosa satisfacción, un gusto y un dulce sabor. Reflexionando en la
incomparable bondad y en la complacencia de esta amorosísima Madre con respecto
a mí, me esfuerzo en hundirme en una profunda humildad y en la confusión de
haber recibido tales gracias y favores que nunca he podido merecer.
Y esta
consideración me arroja en una mayor admiración, por la cual se encuentran
redoblados nuestro amor y nuestra ternura por ella. Desbordando el corazón, por
así decir, de reconocimiento, estalla y grita:
«¡Oh
mi queridísima Madre; oh mi Paloma!, ¡la más amorosa, la más bella de todas las
mujeres! ¡Oh Tú, la más excelente de todas las criaturas, la más bienhechora,
la más eminente y la más poderosa cerca de Dios! Cuánto me regocijo de vuestra
dicha y de que seáis la que sois... ¡Oh qué lástima que no tenga yo el poder de
haceros amar por todos los hombres...!».
He
aquí que interiormente se me ha enseñado otra manera de vivir en Dios y en la
amorosa Madre; no una manera sabrosa, experimental, sensible, como de la que he
hablado, sino más bien una vida hecha de certidumbre de fe y de pobreza de
espíritu.
Su
gran fuerza y su constancia producen la perfección de las virtudes, pero no
está ya alimentada ni sostenida por el dulce influjo de las gracias sensibles,
del tierno amor, etcétera. Todo es como si me hubiese dicho:
«Sube
más alto, amiga mía, por encima del sentimiento, por encima de la experiencia y
de los gustos; sobrepasa todas las imágenes; mantente por encima de todo eso, a
fin de que, sin el estímulo de las gracias sensibles, alcances una vida
esencial en Dios y en la amorosa Madre».
Y creo
entonces darme cuenta y descubrir que todo lo restante no era más que un juego
de niño, que mi alma no se dignaría incluso ni mirar.
Porque,
instruida por esta luz tan espiritual para distinguir cuál es la mejor parte,
el alma ha recibido tal sabiduría que ha llegado a estar como enamorada de esta
vida pobre, despojada, abandonada, vacía de consuelos y de socorros. Se siente
hasta tal punto valerosa, generosa, fuerte, potente, que pediría de buen grado
al Bien-Amado que la prive de todas las dulzuras y cumplidos, como un niño que
querría ser apartado del seno maternal para ser alimentado por un alimento más
sustancial.
Por lo
demás, la suprema indiferencia y mi sumisión al buen deseo del Bien-Amado y de
la amorosa Madre me dejan sin voluntad y sin apetencias.
Creo
que el Bien-Amado me da este conocimiento por dos razones.
Primeramente,
con el fin de que no me apoye sobre nada y que no dé ninguna importancia a
nada, ni siquiera si placiese a la Bondad divina darme dos veces tantas gracias
sabrosas y sensibles
Después,
en segundo lugar, a fin de que me mantenga en un completo desligamiento y libre
de todo lazo en algún modo, manera u operación; con objeto de que, sin ligar mi
afección a nada y sin estar ligada a nada, en una perfecta libertad de
espíritu, esté presta siempre, y dócil en todo momento a inclinarme
inmediatamente y al menor signo interior a cualquier otra cosa a que él
Espíritu divino nos quiera empujar, dejándome adaptar a todas las formas, a
todos los modos según el deseo del Bien-Amado y de la amorosa Madre. Mi
interior debe ser como una cera complaciente y maleable para recibir las marcas
de los diversos sellos, sin oponer
la menor resistencia a esas huellas que son las operaciones del Espíritu.
Se
prosigue en mí esta vida en María, y por ella en Dios.
Como
otras veces, ella es todo humildad, sumisión, obediencia, y yo soy como un niño
bajo la dirección y autoridad de mi amorosísima Madre, de la manera que ya he
descrito.
Hoy,
la disposición de mí alma fue, sobre todo, un reposo o sueño de amor en los
brazos maternales, sobre su seno, sobre sus rodillas; un reposo muy dulce,
tierno e inocente, mientras mi corazón está herido de amor.
Mi
deseo de complacer en todas las cosas a esta dulce y amorosa Madre, de serle
agradable y de hacer lo que ella más quiere, ¡es tan intenso entonces! ¡Hay en
mi alma una atención tan intensa y efectiva para percibir el menor signo
interior que muestre su preferencia por una u otra cosa! El corazón está presto
a dirigirse hacia todo objeto donde pudiera detenerse la voluntad o el buen
deseo de la amorosa Madre; yo no temería ni el trabajo, ni la dificultad, ni el
bullicio, ni la pena, ni las incomodidades de cualquier eventualidad.
¡Ah,
cuánto me siento enamorada de ella cuando pienso en su tan inmensa benevolencia
y en su maternal amor por nosotros! Él amor fue hoy tan ardiente en nosotros y
tan violento, que de buena gana yo hubiese gritado, hecho grandes gestos y
obrado a la manera de una persona ebria o medio loca. Si este fuego de amor se
hubiese avivado todavía un poco más, me hubiese visto forzada a recurrir a
refrescar exteriormente mi pecho, en la región del corazón; porque me sería
imposible soportar mayor fuego de amor, puesto que éste me fuerza ya a
manifestarlo exteriormente. ¡Qué fuerza no da este amor divino al alma para
emprender vigorosos y viriles trabajos, cuando el Bien-Amado y la amorosa Madre
lo exigen de ella, y para cumplir en las menores cosas su buen deseo! Creo que
ella os haría atravesar corriendo barreras de fuego o líneas de espadas.
Vuelvo
a sentir siempre la acción del espíritu de la amorosa Madre estimulando,
ordenando y dirigiendo, por así decir, todo lo que debo hacer o no hacer. Y
dirijo hacia ella una mirada tiernísima, dulce, inocente, una mirada de niño
deseoso de conocer aquello que más le gusta de todas las cosas, incluso en las
menores, y queriendo cumplir sus más estimados deseos.
Siento
poder decir con toda verdad que la amorosa Madre es mía, y que yo soy suya.
Ella es toda para mí, y yo soy toda para ella (cf. Cant. 2,16; 6,3), porque yo
le pertenezco y yo no me pertenezco (escribe estas líneas en octubre de 1668).
El 26
de octubre de 1668 me encontraba en gran inquietud y tormento, porque temía
entrar en buena estima en la opinión de las gentes, gracias a la intervención
de cierta persona.
Después
de unas horas, la amorosa Madre se me ha mostrado interiormente, atrayéndome de
una manera amorosísima y maternal, e invitándome a venir a descansar sobre sus
rodillas.
Lo he
hecho así, y fui entonces muy lindamente requebrada y acariciada por mi bien
amada Madre, como un hijo querido. Su presencia, infinitamente agradable, me
consoló, y todas las tristezas anteriores y el dolor de mi corazón
desaparecieron pronto.
Sin
embargo, la amorosa Madre me mostraba claramente que la tristeza y el temor de
ser estimada y honrada de la gente no le disgustaba, sino que le gustaba mucho,
y que era preciso que así fuese, pues lo contrario no tenía valor.
Me era
tan inexpresablemente agradable, deleitable y consolador reposar sobre sus
rodillas de Madre, que todo lo que se pudiese encontrar en el hombre y en el
mundo me parecía amargo e insípido.
La
amorosa Madre me dijo que debía mantenerme apartada de las gentes, a fin de
que, en el perfecto silencio y en la soledad, me fuese posible tener mi
conversación y mi trato con ella.
La
Santísima Virgen me dijo que tenía la intención de mostrarse, en lo sucesivo,
muy amorosa y familiar en sus relaciones con nosotros, a la manera de una
amante Madre con relación a su hijo muy amado.
Este
reposo sobre las divinas rodillas duró algunas horas, y la amorosa Madre me dió
a conocer entonces que el Hermano Carlos se regocijaba en Dios y que estaba en
el Cielo, como lo he escrito con más extensión en otro sitio.
El 5
de abril de 1669 me ha venido de nuevo esta inspiración dé vivir en, por y para
María al mismo tiempo que en Dios, por y para Él; cosa de la cual ya he hablado
con más extensión y detenimiento a Vuestra Reverencia.
Gozo
de ella y estoy unida a ella muy eminente, pura y simplemente, de una manera
por completo abstracta y espiritual, en espíritu y sin intermediario, como si
ella no formase más que uno con el Ser sin imagen de Dios. En efecto: el alma,
Dios y María no son entonces más que una sola cosa, desde el momento que mi
alma se encuentra sencillísima y profundamente absorta en
Dios y
en María.
Esto
tiene lugar, sobre todo, me parece, durante la plegaria, y se acompaña de
ciertos efectos extáticos, porque hay entonces, más que en el pasado,
insensibilidad y parálisis del cuerpo, suspensión sensorial, sueño de las
potencias y otras cosas semejantes. El alma parece conducida fuera del cuerpo y
corre el peligro de confusión, principalmente al recibir la Santa Comunión,
porque me cuesta volver en mí y no tengo ya la fuerza o la presencia de
espíritu para abrir la boca.
Aunque
todo esto no dure mucho tiempo, comienza, de ordinario, por una cierta
superabundancia y por una llamarada de amor hacia Dios y hacia la amorosa
Madre, con estremecimientos interiores y una exaltación del corazón, al mismo
tiempo que me siento completamente vencida por un amor dulce, tierno y, sin embargo,
vigoroso. Y de este amor estoy espiritualmente embriagada, o al menos muy
alegre en el espíritu, como si todas las potencias del alma, tanto inferiores
como superiores, hubiesen sido copiosamente alimentadas y saciadas.
Esta
fruición y unión en Dios y María tiene lugar, por así decir, sin imágenes,
porque todo se opera de una manera muy elevada, muy en espíritu y abstraída de
todo lo que pudiera caer en el dominio de la imaginación y de la sensibilidad.
Existe
sólo, todavía, una espiritualísima memoria o recuerdo de Dios y de María unida
a Dios y en Él. Y, de acuerdo con esta contemplación y con este pensamiento,
que nos muestra a María una con Dios, nuestro amor también se desliza y se
inflama por entero hacia Dios y por entero hacia María como hacia un solo y
simple objeto.
Pasa
lo mismo en nuestra vida de cada día, cuando elevo hacia Dios una mirada de
amor, deseosa de hacer todas las cosas que a Él gusta que haga o que no haga.
Porque entonces, esta mirada alcanza al mismo tiempo a la amorosa Madre, en una
grandísima sencillez, tranquilidad y certeza interiores.
Y, por
consiguiente, esto me parece ser una perpetua contemplación, una perpetua
fruición y unión en Dios y con María en Dios. Porque mi alma no es, por así
decir, susceptible de ser separada de su contemplación, por el hecho de que la
memoria, la inteligencia y la voluntad se encuentran en todo esencialmente
adheridas a Dios y a María, en los cuales su recuerdo, su conocimiento y su
amor están como insertados.
Por
medio de palabras no me es posible hacerme comprender más, ni tampoco decir la
manera según la cual me siento poseída, conducida y vivida por el espíritu de
María. Y también deberá quedar en mi pluma el modo cómo yo recibo en mi alma el
influjo divino de su espíritu y por su espíritu.
A
veces está incluido en este trato el amoroso padre San José; pero esto no
sucede a menudo.
En
verdad, son cosas maravillosas las que pasan en mí, de las cuales nunca he
leído ni oído nada. Incluso creo que sería difícil dar fe a ello si no se
hubiese tenido alguna experiencia de semejantes cosas. Y, sin embargo, ello es
así. Mi bien-Amado sabe que no miento. ¿Pero qué palabras encontraría para
expresar estas experiencias y para hacerlas comprender? Yo no las encuentro, y
solamente de lejos, a manera de enigma o de semejanza, puedo expresar la
realidad de lo que sucede.
Jesús,
María y José están entonces tan simple y espiritualmente en la mirada y en el
conocimiento de la inteligencia, y tan simple y espiritualmente también en la
memoria y en la voluntad, que parece que los tres no son más que uno solo.
Porque
en estos tres seres se encuentra una maravillosa correspondencia de voluntad y
de amor; y no solamente una concordancia, sino una incomprensible unión en el
lazo de amor y en la unidad de espíritu. De modo que los tres no son más que
uno solo y mismo espíritu, ya que María y José están revestidos, llenos y
saturados a la vez, del Espíritu divino y del espíritu humano de Jesús y, en
este sentido, unidos y formando una unidad con Él.
Y es
así como ellos son objeto de mi mirada interior y de la adhesión de mi amor.
Me
parece que hay allí, en cierta manera, otra especie de Santísima Trinidad:
tres, pero uno sólo; y uno trino; no esencialmente por su naturaleza, sino por
participación de la gracia y por una acción y transformación realizada por el
Espíritu divino.
El 12
de noviembre de 1668, viendo que se hacían los preparativos para festejar triunfalmente
el día de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen Madre de Dios, fue
embargada por una excepcional satisfacción de inmensa alegría, de la que el
corazón parecía desbordar.
Entonces
el Bien-Amado y, sobretodo, la amorosa Madre, me han dicho o hecho ver
clarísimamente la verdad de este misterio: que fue concebida sin la más pequeña
mancha, por la gracia de Dios Todopoderoso. Porque Dios, habiéndola, desde toda
la eternidad, elegido para ser su Madre, no ha permitido ni querido que este germen
bendito fuese ni un solo instante manchado o concebido en el pecado.
Mi
amorosísima Madre me ha dicho expresamente que esto era verdad y me lo ha
afirmado con tal certidumbre y sin temor de la menor duda que, incluso en este
momento - y hace de esto diecisiete días -, estoy presta a dar mi sangre para
atestiguar y defender todo esto.
También
me parece extraño que se pueda encontrar todavía alguna persona que no acepte
con todo su corazón esta verdad de la Inmaculada Concepción de la Madre de
Dios, y me ha venido un ardoroso deseo de rogar a Dios que se digne inducir con
fuerza a Su Santidad el Papa de Roma a no dilatar más y a proclamar esta verdad
como un dogma de nuestra santa fe.
«Dios
obra a veces de diversas maneras sobre las potencias de mi alma. Pero entonces
permanezco pasiva, muy resuelta a mantenerme en la inconmensurable grandeza de
Dios.
Primeramente,
Él me infunde un tierno, dulce y filial amor hacia la amorósa Madre y me dicta
exclamaciones amorosas.
Confirma
también las iluminaciones que conciernen a este eminente misterio de la
Inmaculada Concepción, como me sucedió ya hace un año día tras día. Recibí
todavía una moción poderosa estimulándome a rogar por diversos objetos con una
experiencia y un sentimiento cierto de ser a menudo escuchada favorablemente.
Un gran deseo me vino y rogué con ardor y supliqué a Dios que se dignase
inspirar al Papa y moverle irresistiblemente a definir el misterio de la
Inmaculada Concepción y a proclamarle como un dogma de fe.
«Señor;
vos sabéis por qué la Santa Sede tarda tanto tiempo en proclamar esta verdad.
Y, sin embargo, mi Bien-Amado y la amorosa Madre me han dado de esto un
conocimiento tan auténtico, una certidumbre interior, todo con tanta evidencia,
que estoy presta a confesar esta verdad al precio de mi sangre y de mi vida» (extracto de una carta fechada en noviembre de 1668).
No sé
por qué tengo tanto celo, atracción y devoción por ese misterio: y mucho más
que por cualquier otra fiesta de la amorosa Madre. Durante algunos días que
preceden a la fiesta y luego el mismo día de la fiesta, siento en mí una
alegría del cielo que se manifiesta y se esparce por todo mi ser, incluso
exteriormente. Mis hermanas no han dejado de apercibirse de ello, porque estoy
cómo privada de razón a causa de este amor hacia nuestra amorosa Madre, que
llamo «mi Paloma» (cf. Cant. 6,9), en un sentimiento de tiernísima afección.
Eso me
parece producir un nuevo espíritu y un gran aumento de gracias, que me empujan,
sobre todo, a amar con ardor a Jesús y a María.
Este amor
me conduce a agradarles en todo lo mejor que puedo, tanto interior como
exteriormente. Me empuja, además, a imitar sus virtudes de una manera perfecta.
De
aquí nace un gran celo por todo lo que les concierne; a saber: el celo por el
bien de las almas en general y, más particularmente, el celo por el bien de
nuestra santa Orden, porque ésta pertenece especialmente a la amorosa Madre y
es su Orden.
El día
de Santa Águeda [5 de febrero] del año
de 1669, la amorosa Madre se me apareció de nuevo.
Comenzó
la aparición por la mañana, mientras leía el oficio, y continuó durante la
oración siguiente.
Empezó
a manifestarse por una invocación inesperada y espontánea, tan dulce y tierna
como nunca había hecho desde hacía mucho, al tiempo que experimentaba una
inocente atracción de hijo hacia su Madre, porque éste era el nombre que yo la
daba.
Esta
presencia me era completamente nueva y soberanamente agradable, porque me
parece que hacía ya dos meses que no la había visto cerca de mí y que no había
sentido su dulce presencia, ni su amorosa y maternal complacencia. Y, sin
embargo, me sucedía a menudo - yo creo - gozar de esta gracia, antes que fuese
desposada con mi Bien-Amado.
Pero
comprendo muy bien ahora que si ella me había retirado sus maternales visitas y
su presencia frecuente, no era porque hubiese una disminución de afecto
maternal, ni incluso que cualquier falta de mi parte la hubiese hecho retirarse
o alejarse de nosotros. Sin duda le he dado, en diversos momentos e
indirectamente, la ocasión de apartarse de nosotros a causa de mis imperfecciones diarias y porque, en todo lo
que debía de hacer u omitir, no me he comportado siempre tan puramente
como se me había indicado por las instrucciones que, muy indignamente, recibí
de ella hace algunos meses.
Pero,
a pesar de eso, su extraordinaria benevolencia y el maternal afecto que muy
especialmente parece tener por nosotros le han impedido considerar con
demasiado desagrado todas nuestras deficiencias, sabiendo muy bien, por otra
parte, la fragilidad de la naturaleza humana y que también por la gracia de
Dios las intenciones de mi corazón fueron siempre recta.
Pero
ella ha permanecido lejos de nosotros, ya no me ha visitado ni concedido sus
cuidados y, en una palabra, no obraba ya con nosotros como en otro tiempo
porque parece que ahora no es tan necesario. Y ella me deja sola con mi divino
Desposado.
Pero
en cuanto se presenta la menor necesidad de atestiguarnos su maternal afecto,
de prodigamos sus cuidados y auxilios, me doy cuenta en seguida que ella no me
ha olvidado, que sus ojos de Madre están siempre fijos en mí, y que al menor
peligro, al menor asalto del espíritu maligno, estaría pronto presta a
socorrerme, a venir a consolarme o instruirme, a reconfortarme y a fortalecerme
contra todas las asechanzas y engaños del Enemigo o de mi propia y corrompida
naturaleza, pues ésta también no es más que una enemiga.
Es,
pues, en su honor y en su gloria por lo que diré estas cosas que me parecen muy
evidentes, a fin de que Vuestra Reverencia quiera alabarla y darle las gracias
conmigo, y también para que Vuestra Reverencia encuentre en ello un nuevo
estímulo y tenga gran confianza en la amorosa Madre, buscando como un niño, muy
sencilla y afectuosamente, su refugio cerca de ella, haciéndole también conocer
plenamente y con toda confianza nuestras necesidades, tanto las íntimas como
las demás.
Porque
he comprendido que esta manera de obrar le agrada mucho.
Mi
Reverendo Padre, no puede temer ni un solo instante que en todo esto haya
habido algún engaño del enemigo o bien que no hubiese sido más que una simple
impresión mía o el producto de un trabajo del pensamiento y de la imaginación.
La realidad me parece tan alejada de todo eso como el cielo lo está de la
tierra.
Sí, me
parece imposible creer que fuese cualquiera de todas estas cosas que acabo de
enumerar, y para ello tengo muchas razones que quiero exponer aquí.
Primeramente,
no puede ser que sea producido por la inteligencia o por la imaginación, porque
éstas, durante todo este tiempo, salían como impulsadas, pareciendo preocuparse
de otras cosas, y un poco distraídas y meditando sobre materias muy ajenas.
Esta disposición, por otra parte, me causaba preocupación y era muy incómoda
porque así me era imposible mantener estas facultades en la calma y el
recogimiento.
Me
parecía fuera de razón y contrario al respeto debido que en un tal momento en
que se reciben semejantes gracias y en que se goza de esta majestuosa y
superamorosa Presencia, estas potencias haladas fuesen tan resbaladizas y un
poco disipadas, cuando hubiese sido conveniente que en tal circunstancia fuesen,
al contrario, muy atentas, recogidas y silenciosas. Pero sin duda ha querido el
Bien-Amado que fuese así, a fin de poder hacer mejor la distinción y de ser
capaz de llegar sucesivamente a un conocimiento más claro de la verdad,
permitiéndome explicar y certificar mucho mejor a Vuestra Reverencia.
Entonces
he dejado correr el pensamiento y la imaginación, y he hecho esfuerzo por no
ocuparme ya de ellas, permaneciendo con la sola potencia afectiva - en toda
sencillez y ternura -, orientada hacia mí queridísima Madrecita, reposando ya
sobre su rodillas, ya sobre su seno, a la manera por así decir de los niñitos a
los que su madre coge en los brazos. Le hablaba con un sentimiento de dulce y
tierno amor, pero las palabras no eran pronunciadas o incluso formadas más que
a medias, como Vuestra Reverencia lo tiene descrito en la introducción del IV
Tratado [Introductio in terram Carmeli].
Decía
yo, entre otras cosas: «Mi amorosa Madrecita, ¿dónde habéis estado todo este
tiempo? ¡Cuánto hace que no os he tenido cerca de mí! ¿Cómo es que no venís a
mi casa como acostumbrabais? ¿Es que no soy Vuestra hija? ¿Y no sois Vos mi
querida Madrecita?»
Sus
respuestas a mis palabras eran ciertos conocimientos y ciertos sentimientos
infusos en el alma o en el corazón, que me daban una señal cierta de que todo
estaba muy bien y que, en la necesidad, ella me asistiría todavía como una
Madre amante, tal como lo hacía en este momento.
Le
suplicaba todavía vivamente que se dignase enseñarme a agradar más
perfectamente a mi divino Desposado, diciéndole:
«Buena
Madrecita, Vos sabéis mejor lo que es agradable a mi Bien-Amado; sabéis
plenamente su amorosa voluntad. Queridísima Madrecita, dadme Vuestro espíritu
de sumisión, a fin de que no llegue a usar mal de los favores y de las gracias
divinas ni menoscabarlas. Haced que siempre pueda agradar a mi Bien-Amado...».
Le
dirigía frecuentemente estos ingenuos apóstrofes, pero eran más íntimos y menos
expresamente formulados. No me parecía necesario expresar con toda amplitud mis
deseos y apetencias de niño, pues el amor sabe bien hacerse comprender y la
amorosa Madre, viendo incluso el fondo del corazón, sabe bien sus amorosos y
deiformes deseos y afectos. Y el alma estando así restablecida en su maternal
disposición, puestos sus cuidados y su amor en ella, sabe con entera confianza
que la Virgen Santísima hará lo que es preciso, sin que haya necesidad de
palabras inoportunas. Por otra parte, esto no estaría en los modales de los
niños buenos y bien educados. Le basta al alma saber que su buena Madrecita es
muy benévola y llena de amor maternal, y que cuando quiera sabrá orar como una
verdadera Madre.
Estés
conocimientos infusos, que me parecía recibir de mi dulce y querida Madrecita,
contribuyeron mucho a darme una mayor y más perfecta humildad y a simplificar
todavía mis potencias internas. Produjeron también otros conocimientos que me
es difícil trasladar en palabras. No he podido retener más que la sustancia, a
saber, que me dejan entrever una pureza interior más perfecta que nunca se
alcanza enteramente, por mucho que vivamos aquí abajo, pero en la cual hay
medio de crecer, lo mismo que en el amor de Dios y en el conocimiento de sí.
Me
parece que ella me enseñaba a mantener muy secretos los favores y las gracias
de Dios, y que era preciso guardarme de decir jamás ciertas cosas que podrían
tender a mi propia alabanza, o de alabarme de, cualquier cosa - aunque fuese
ingenuamente o por inadvertencia -; porque el Maligno encontraría en ello
ocasión de tentarme y de asaltarme. Me dijo que yo había estado a veces equivocada
a este, respecto, y que era preciso corregirme de eso con una mayor atención, y
prudencia.
Esto
me ha inducido vivamente a rogar a Vuestra Reverencia que no dé a conocer a
nadie, en tanto que yo viva, los favores y las bondades con las que Dios ha
colmado mi alma, a no ser que haya necesidad de hacerlo para tomar el parecer
de un hombre de experiencia o de ciencia. Pero es preciso entonces haber
experimentado su discreción, porque si n. las gentes acaban por saberlo y esto
causarla perjuicio a mi alma. Y sentiría mucho que sucediese tal cosa por falta
de Vuestra Reverencia. Si insisto es sencillamente porque sé que no soy muy
humilde.
Lo que
todavía me asegura y confirma que todo esto no fue una astucia del enemigo es
que mi alma recibió entonces una unción que produjo en ella efectos muy divinos,
así cómo una disposición virtuosa eminente y que ambas perduraron después.
He
aquí, por otra parte, cuáles fueron sus efectos: un humilde, dulce y tranquilo
amor hacia esta amorosa Madre; el sentimiento dulce e íntimo de ser reducida a
nada y de ser llevada a toda clase de humillaciones y de sumisiones; una
observación y una vigilancia estrecha ejercida sobre mí misma; una mediocre
estima y desconfianza de mí misma y, por el contrario, una alta estima de los
demás; en fin, me siento atraída e instruida a amar con un muy puro amor a Dios
y a la amorosa Madre y a cerrar mi corazón, y mi sensibilidad a todo lo que no
es Dios.
Igualmente
me ha venido un amor nuevo que no ha pasado todavía, una vida nueva, un nuevo
atractivo filial por esta dulcísima Madre, y también un respeto reverencial y
amoroso. Ensalzo con una nueva veneración su excepcional grandeza y su poder
cerca de Dios: porque todas las veces -como ya he dicho- me parece recibir
nuevas gracias, nuevos conocimientos y una nueva luz que me permite aprehender
mejor la verdad y conformar más fácilmente a ella mi vida.
Todos
son efectos que, me parece, no querría el Maligno producir en el alma, lo mismo
que esta paz profunda que he sentido entonces y después en el fondo de mi, y
que me dejaba el sentimiento muy puro y calmado de no tener otra inclinación
que hacia Dios solo y hacia la amorosa Madre.
Otra
consecuencia fue todavía una dulce y amorosa confusión ante el pensamiento de
que esta sobreeminente Reina de los Cielos, esta Madre virginal de Dios, tan
elevada y establecida en tan alta Majestad, se hubiese dignado descender de tal
suerte hasta mí, gusano miserable, que nunca ni en nada he merecido de ella
todos estos favores.
He aquí
la causa de esta visita que me hizo la amorosa Madre. La víspera, por la tarde,
había tenido el alma pesada y como oprimida porque había sentido, de una manera
completamente desacostumbrada, movimientos espontáneos de vana complacencia o
de vanagloria. Eso me habla espantado y temía que en estado de mi alma no fuese
bueno y que fuese retrocediendo en materia de humildad y de conocimiento de mi
«nada». Nunca, en efecto, antes de ese día hubiera podido hablar de tales
sentimientos.
Me
vino entonces este pensamiento: «¿Cómo - me decía yo - habiendo experimentado
en tan múltiples y diversas circunstancias el socorro de la amorosa Madre,
dignándose curarme de alguna grave enfermedad o sufrimiento del cuerpo, cómo no
me atestiguaría mucho más todavía su maternal afecto librándome de esta
enfermedad, de este tormento del alma?» (Porque, hace diez días, ella me había
curado de una seria enfermedad, como relataré más adelante.)
Determiné,
pues, rogarle muy humildemente e importunaría con afectuosa insistencia, como
un ingenuo niño. Me quejaba dulcemente a ella, haciéndole conocer el estado de
mi alma afligida y ansiosa, y el temor de que estos vanos pensamientos hiciesen
daño en mi alma, ofendiendo de alguna manera la humildad y el amor de Dios y
conduciéndome así a desagradar a mi Bien-Amado. Y yo me quejaba
ininterrumpidamente.
Por la
mañana, durante el Oficio, he vuelto a sentir su amorosa presencia en mi
espíritu, porque es solamente la mirada de mi alma quien la veía, y muy próxima
a mí. Como ya he dicho, esta visita me ha traído un gran bien de consuelos, de
afirmaciones, de instrucciones espirituales, dejando en mi alma frutos muy
sensibles que desde entonces, no hacen más que crecer cada vez más.
Hoy,
mientras me entregaba a la oración, el Maligno ha querido tentarme, diciéndome
que, en esta revelación que acabo de contar, había sido engañada, y otras cosas
por el estilo. Yo veía bien de dónde venían estos pensamientos. Venían del
exterior, mezclados a un cierto miedo de la inteligencia y no del fondo del
alma; lo que constituía una prueba más de su origen.
A
pesar de eso, insistí todavía cerca del Bien-Amado para saber si había tenido
ilusión ó no. Y mi Bien-Amado me ha certificado y confirmado la cosa dé una
manera tan cierta qué me hubiese sido imposible desear una confirmación más
fuerte de la realidad de todo eso. Hizo brillar en mí una claridad interior o
una luz que bañaba mi alma de una manera tan dulce y amorosa que no sé a qué
compararla.
Me
parecía que esta luz era como un lazo dulcísimo e indeciblemente amoroso que me
unía a Dios, me ataba y me ligaba en una dulce e íntima paz. Y por allí
desaparecieron pronto todas las segundas intenciones y todas las dudas: y mi
espíritu recibió un sólido testimonio de que yo era una hija de Dios. Lo que confirmaba
las palabras del apóstol: El Espíritu atestigua en
nuestro espíritu que somos hijos de Dios (Rom 8,16).
Pero
al lado de eso experimentaba también de manera muy evidente que Dios estaba
verdaderamente presente en mí. Sí, esta experiencia de Dios era tan cierta que
me parecía estar toda llena de Dios, y que en mí no parecía estar más que Dios
sólo.
Y
comprendiendo por eso que poseía en mí todo Bien, fui por ello muy satisfecha y
saciada, sin que me fuese posible anhelar o desear más. ¡Oh!, ¡que espíritu de
dulzura, de paz y de humildad me ha quedado de todo esto! ¡Qué eminente pureza
de corazón, qué menosprecio de mí misma y de todas las criaturas fuera de Dios!
Todo eso es ahora una cosa muy distinta que antes. ¡Pero cuánta bondad nos
atestigua el Bien-Amado, cuánta prontitud en socorrernos, en consolarnos, en
reconfortamos! ¡Cuán fiel y reconocido hay que estar hacia Él! ¡Y qué confianza
no tendré en mi Bien-Amado y en mi amorosa Madre!
El día
de la festividad de San Juan Crisóstomo, 27 de enero de 1669, sentí mi espíritu
entorpecido y como consumido por una nueva enfermedad.
Este
mal, que se había apoderado de mí desde hacia algún tiempo, crecía de día en
día y me era muy incómodo, porque, primeramente, ocasionaba grandes cuidados a
mis hermanas, muy atentas en satisfacer mis gustos naturales y aliviar mi
malestar. Y yo temía mucho que esto fuese un alimento dado a mi naturaleza
corrompida y un obstáculo a mi avance espiritual. Y, además, soy tan imperfecta
todavía que, en tales ocasiones, estoy demasiado ocupada de mi misma y pienso
en ello demasiado. Me siento entonces, por amor propio, impulsada hacia mí
misma y llena de cuidados, etc., más que el espíritu lo permite.
He aquí
cuál era mi enfermedad. Desde el momento que había tomado un poco de alimento,
cualquiera que fuese, me encontraba pronto en el estado de aquel a quien una
gran fiebre quema todo el cuerpo, aun cuando el tiempo fuese muy frío. Todas
mis fuerzas me abandonaban hasta el punto que apenas me era posible desplazarme
de un sitio a otro sin experimentar una extrema opresión en el pecho y una
dificultad excesiva en respirar, como el que está a punto de morir...
Entonces,
según mi costumbre, como un niño, he buscado amparo en la amorosa Madre,
quejándome dulcemente a ella y diciéndole el temor que tenía de que el Malvado
encontrase en todo esto grandes ventajas, como acabo de explicar. No estaba tan
enferma como para estar constantemente cuidada, pues este mal no duraba más que
algunas horas, y después de eso mi estado volvía a ser completamente normal.
Pero las hermanas no querían comprender eso.
Entonces
he dicho: «Amorosa Madre mía, aconsejadme; dejadme que caiga completamente
enferma o curadme totalmente. No es posible continuar viviendo de esta manera,
porque mi alma cada vez es más débil en su movimiento hacia Dios y en su amor a
Él, a causa de las imperfecciones que, sin que lo pueda prever, se insinúan en
ella».
Y he
aquí que desde este momento no he vuelto a sentir nada de lo que acabo de
describir; hasta ahora me siento libre de todo eso. Estoy convencida que mi
querida y amorosa Madre me ha curado. Bendita sea por toda la eternidad. Amén.
A 8 de febrero de 1669.
Mater amabilis et pater amabilis
sunt supercomprehensi, obumbrati et absorpti a divinitate et quando ut sic se
mihi manifestant et meum erga se amorem et attentionem tam fortiter attrahunt
et alliciunt, tunc quasi non habeo remanentem seu vividam. eorum
repraesentationem, sed fluunt, terminantur et remanent omnia in principali
obiecto, in divino Uno et Omni, attamen absque totali amissione aspectus ad
ipsos. Memoria eorum et erga eos amor seu perceptio illorum versatur circa
illos ut conclusos, supercomprehensos et unitos cum divina essentia, atque hoc
modo contemplor et aspicio illos in Deo, fruor illis in Deo et per amorem et
unitatem spiritus sum cum illis unita in Deo. Hoc est, quod de istis scio
explicare.
Restat adhuc notandum, quod ex
parte mea illis nihil possum adimere vel addere; v. g. quando Mater amabilis
sola apparet, tunc non est in mea potestate patrem amabilem ibi habere
adiunctum vel praesentem vel etiam eum aliquo modo habere in memoria vel in
mente, neque ad hoc est ulla anhelatio, eo quod colligam Deo tunc nihil aliud
placere. Ista fiunt praecise tantum et tantum non; quando autem transacta sunt,
tunc in illis sum adeo otiosa et ab illis denudata, quasi non fuissent, et vix
ullam ad ista habeo reflectionem, nisi quando ista gratia fruor; extra quod
tempus relinquor in paupertate et nuditate spiritus, sine ulla perpeptibíli
inoperatione et influxu divinarum gratiarum, quamquam tunc communiter remaneat
essentiale seu immanens lumen divinum, resplendens in interiori homine, animam
quasi manuducens et dirigens ad quaecunque deiformia.
Multo minus propter illius gratiae
carentiam aut subtractionem potest anima advenire aliquis dolor, anhelatio,
desiderium aut inquietudo, nam mea quietudo et satisfactio non videtur esse
fundata in fruitione divinorum charismatum aut donorum sed in Deo ipso et in
perfectissimo illius beneplacito.
A paucis diebus interius
instruebar, quod quando sic sum derelicta in paupertate et nuditate spiritus,
tunc debeam me gerere valde quiete et me conservare in meo nihilo, bene
contenta et satisfacta, mihi complacendo et gaudendo quod Deus in seipso sit
omne bonum; quod ipse sibi solus sufficiat, quod ipse se solo sit contentus et
infinite satisfactus; ei gratias referendo, quod ipsi placuerit omnem effluxum
gratiarum, donorum et luminum ad seipsum retrahere cum cordiali propterea
exultatione et gaudio, eo quod gratiae, dona, etc. ipsius melius et securius in
eo conserventur quam in me, quae illis saepe abutor.
Quando mihi conceditur frui
gratiosa praesentia Dei in anima mea, percipio subinde, imo valde saepe, etiam
fruitionem praesentiae amabilissimae Matris nostrae Mariae; non quod habeam
aliquas corporales imaginationes vel repraesentationem personae istius, prout
eam videmus in picturis expressam; non sic, sed alio modo. Est aliquid quod
apparet et se manifestat in essentia Dei, quod mihi ingerit certissimam
cognitionem et perceptionem praesentiae illius in Deo.
Inde allicior ad tenerum amorem,
ad magnam reverentiam et simplicem intuitum ad ipsam, modo tamen, uti dico,
corporeis oculis invisibili, sed in veritate visibili oculis mentis, modo valde
occulto et ignoto. Videtur mihi quod eius praesentia tunc in anima mea conferat
quasi maiorem maiestatem et gloriam; iam videor incipere gustare aliquid eorum,
quae exspectamus post hanc vitam.
Sed quis mihi credet? Nonne aliqui
cogitabunt me mentiri vel aliqua vana imaginari, quod dicam me Matrem amabilem
clare videre in Deo, in magnitudine, in immensitate Dei et quod cum omni
certitudine ibi eius fruar praesentia et tamen nullam habeam corporalem
praesentiam? Quiquid hoc sit, videtur esse contradictio; attamen sic est, sed
hoc: relinquo iudicio Reverentiae Vestrae.
Ab illo tempore dum genuflecto
ante eius imaginem ab ea postulans benedictionem pro custodia cordis, etc. vel
aliquid ab ea petens pro Reverentia Vestra vel aliis, meus animus et aspectus
quasi efficaciter introtrahitur in fundo seu spiritu in Omni cum certa
apparitione et visione amabilis eius praesentiae in Deo, ubi audio quasi cum
allocutione seu claro testimonio proveniente ex fundo seu spiritu: Bene, ubinam
quaeris me? Non longe absum a te; ecce, sum hic. Tunc est mihi poenale aspicere
ad eius externas imagines; eius essentia, eius pulchritudo, eius praesentia,
quae in fundo seu in spiritu videtur, attrahit primo momento, primo ictu
oculi totam animae conversionem ad se, absque ulla ad aliqua exteriora
adhaesiva reflectione.
Algunos
días antes de la festividad de la Visitación de la Santísima Virgen [2 de julio], en 1669, me sentí toda abandonada
a mí misma. Me encontraba a menudo en tales tormentos de alma, en tal tristeza
y sufrimiento corporal, que el mundo me parecía demasiado estrecho. Tanto la
naturaleza como el espíritu estaban como apresados en un torno o aplastados
bajo una prensa. Por todas partes parecían inundadas de dolores, en el interior
como en el exterior. Temía la hora de la comida, a causa dcl dolor que sentía
en la boca al comer. No podía dominarme y las lágrimas se deslizaban por mis
mejillas mientras tomaba el alimento.
Dije a
mi Bien-Amado:
«Sé,
Amado mío, que todo esto no es más que una invención del amor, y que me tratáis
de esta manera a fin de probar mi afecto. Ahora os escondéis; pero es para que
vuestro regreso y la vista de vuestro rostro me sean mucho más suaves. Estoy
contenta. Puesto que no os agrada ya acogerme como a una esposa, consiento en esta
privación hasta el fin de mis días. Estoy presta a pasar esta vida como un
bravo y buen soldado, sirviendo a vuestra Majestad a mis expensas, sin tocar el
sueldo de vuestras amorosas caricias. Entonces erais Vos quién estabais a mi
servicio, si no es demasiado osado hablar así. Pero ahora soy yo quien os
sirve, y puramente por amor».
Reflexionando
sobre el estado en que estoy, me he extrañado de haber estado tanto tiempo sin
recibir ni percibir nada de nuestra amorosa Madre. Me he preguntado si quizá alguna
cosa la había alejado de mí. Es cierto que la sentía todavía en mi corazón y
que ella estaba en él con una calma y un sentimiento afectuoso. Pero estaba,
más bien, como una madre ausente y alejada, con la que ya no se está en
comunicación y de la que no se tienen noticias.
Sin
embargo, me consolaba diciéndome:
«Mi
Madre querida está satisfecha porque su Hijo está cerca de mí; y si su
presencia me fuese necesaria, no dudo que vendría pronto y se me aparecería
como acostumbraba, puesto que me lo tiene prometido».
Esto
pasaba la víspera del día de la
Visitación [1 de julio].
El día
de la Visitación de la Santísima Virgen [2 de
julio de 1669] he sentido encenderse e inflamarse en mí un fuego de
amor por ella al mismo tiempo que por Dios, y mi corazón ha recibido una suave
herida.
Mientras
me estaba preparando para la santa comunión, me vino el pensamiento de unirme a
ella en Dios y con Dios. Me parecía transformarme y cambiarme en Dios al mismo
tiempo que en María, de una manera muy elevada y espiritual que me es imposible
calificar de manera muy precisa. Sentía que era completamente poseída por Dios
y por María; que por María recibía de Dios la vida sobrenatural en mi alma, de
suerte que me parecía vivir, obrar y amar por Dios y por María. Dios, María y
el alma, los tres, parecían fusionados, unidos en uno solo por el amor.
Cuando
estaba a punto de recibir la santa comunión, he visto a mi querida y amorosa
Madre que se encontraba cerca de mí, a mí derecha, y también a su queridísimo
Hijo Jesús; pero éste estaba colocado delante de mí. He creído dar mi corazón a
la amorosa Madre, a fin de que ella se dignase dárselo a Jesús, mi Desposado.
La rogaba dulcemente me concediese la gracia de renovar mi matrimonio con su
Hijo único, mi Muy-Amado. Sin saber cómo esto se realizó, he visto que mi mano
derecha estaba posada sobre la de Jesús. Y he comprendido que ello constituía
la renovación de un verdadero matrimonio con Él - según ya he descrito con más
extensión otra vez.
En
cuanto hube recibido la santa comunión, esta visión imaginativa de Jesús y de
María desapareció; y yo permanecí en una profunda y pasiva unión y fruición del
Bien eterno, infinito y sin imagen, el supremo Bien. La Santísima Madre de
Dios, nuestra Madre, parecía comprendida en esta unión y en esta fruición, de
una manera eminentemente sencilla, abstracta y espiritual, aunque no
permanecía, por así decir, ninguna representación imaginativa de ella en mi
espíritu.
Me
parece que esto se obró muy pasivamente por Dios en el alma, y que nada de lo
que procede de mí está en ello mezclado; porque todo esto se opera de una
manera demasiado pura. Me doy cuenta que me sería imposible entonces tener o
formar la menor representación sensible de la amorosa Madre. Pero esto que Dios
me da a gustar de ella me llega por mediación de un pensamiento muy abstracto,
por una pura intelección y por un amor de fusión en Dios y en ella.
La
víspera de la Visitación de la Santísima Virgen, en 1670, así como el día mismo
de la festividad [2 de julio], me vino
un nuevo ardor, y las llamas del amor divino se elevaban también hacia nuestra amorosa
Madre, porque me acordaba que hace un año, en fecha similar, esta dulce Madre
me había concedido la gracia insigne, el favor divino de la renovación de mi
solemne unión nupcial con Jesús, mi Bien-Amado.
Al
recordar este hecho, un reconocimiento extraordinario subía de mi corazón hacia
la amorosa Madre y hacia Jesús, que se dignó aceptarme como esposa, a mí, tan
miserable criatura. Entonces tuve con Él muchos coloquios de amor, cuyo
recuerdo no me es, sin embargo, muy preciso.
Y he
percibido en el alma un gran número de comunicaciones divinas que también están
un poco confusas en mi memoria y que no sabría relatar en este momento. Todo lo
que puedo decir es que era yo semejante a un inmenso horno de amor divino, en
donde todo mi ser se consumía en Dios, sin ser, sin embargo, destruido, ya que
existo todavía y no he sufrido esta muerte de la carne que me sería tan dulce y
deseada.
Me
vino la idea de buscar lo que mejor y más agradable podía ofrecer al
Bien-Amado, en reconocimiento de semejante beneficio. Y he creído que no podía
hacer otra cosa mejor que ofrecer a Dios su propio Ser, con los méritos del
Verbo Encarnado, y el amor y los méritos de mi amorosísima Madre.
El
espíritu de amor brotaba con fuerza y suplicaba en mí con insistencia a fin de
que fuesen fortificadas para siempre mi fe nupcial y mi amor. Y eso parecía
realizarse verdaderamente.
No sé
lo que hay que pensar de todo esto. ¿No será que el tiempo de mi disolución se
aproxima? Porque las llamas del amor brotan de nuevo con violencia y, por otra
parte, se me representó hoy, de una manera vivísima, el modo de esta
disolución. Era como si estuviese en trance de morir. ¡Ah, si me fuese
concedido - y a todo el mundo conmigo - separarme así de la vida! ¡Qué
felicidad sería morir de esta manera!
Un día
presentaba a la amorosa Madre nuestro alimento a fin de que lo bendijese. Y
mientras hacía esto, que ella misma me había enseñado, me vino de repente al
pensamiento la idea de que la amorosa Madre no venía tan a menudo como otras
veces; y me sorprendía de no gozar ya de su presencia frecuente ni de sus
instrucciones y afectuosas palabras. Y, sin embargo, mi amor por ella era tan
tierno, inocente, filial y dulce como nunca.
Entonces
me vino esta respuesta interior:
«Cuando
la amorosa Madre estaba constantemente cerca de ti y te guiaba en el camino de
sus virtudes, era a fin de prepararte al matrimonio espiritual con su
queridísimo Hijo. Ahora que este matrimonio está realizado, ella se mantiene
apartada y deja al Esposo conversar solo con la Esposa, como conviene».
A
decir verdad, desde que esta unión fue verosímilmente realizada, mi alma está
habitualmente sola con su Bien-Amado. La amorosa Madre y los Ángeles parecen
quedar fuera.
La
manera de vivir en Dios en que, por su gracia, Dios me ha establecido desde
hace algún tiempo, es un íntimo goce del Ser divino sin imagen, en una
supereminencia de luz y de tranquilidad.
Esta manera
de gozar y de saborear las cosas divinas no parece poder compararse a ninguna
de las maneras precedentes. Dios se revela en ella con un más supremo
resplandor. Concede al alma comprender y experimentar en Él cosas maravillosas,
de las que es imposible acordarse después y que no sabría traducir en palabras.
Por el contrario, mientras dura esta fruición, hablaría de ella abundantemente
con aquellos que fuesen capaces de comprenderla; ella revelarla qué abismo de
cosas maravillosas e inefables es Dios.
Durante
todo este tiempo el alma se siente prodigiosamente saturada de Dios, poseída
por Él. La invade de manera tan repentina y se la somete tan totalmente, que
ella no siente ni percibe otra cosa en sí misma que Dios sólo y lo que le place
a Dios mostrarle. ¡Cuán grandes y maravillosas son aquí la unión y la
unificación con Dios!
Todo
esto se opera en la parte superior del alma y no tiene nada de común con las
potencias inferiores. Las mismas operaciones de la inteligencia parecen
suspendidas en gran parte. No la queda más que una simple mirada que le sirve
para contemplar a Dios con gran tranquilidad.
Eso
pasa de una manera mucho más pasiva que activa. La parte principal está dada
aquí por la potencia amorosa y cambiante, porque ésta es más apta y más capaz
de saborear a Dios y de poseerle.
No
creo haber experimentado o paladeado una manera de saborear a Dios en lo más
secreto del alma de forma tan apacible, simple y profunda, ni tan libre y
desligada de las operaciones comunes de las otras potencias. Me siento de tal
modo ajena y separada de ellas que me parece percibir en mí dos personas
distintas. El espíritu, que se siente tan apartado y liberado de las potencias
inferiores, no quiere tener relación con ellas hasta tanto que a Dios le plazca
indicarle otra manera de vida divina con la intervención de estas potencias.
Durante
todo este tiempo de fruición silenciosa del Ser divino sin imagen, también son
suspendidos el afecto filial e inocente, la amorosa propensión, la devoción
sensible y la ternura hacia la amorosa Madre, así como todas las demás
operaciones activas del espíritu y las del amor, cualesquiera que sea el
objeto.
Pero
todos estos ejercicios activos y operaciones del amor permanecen de alguna
manera escondidos en el fondo. Están establecidos allí realmente; pero durante
todo este tiempo no se manifiestan, porque estas manifestaciones serían
entonces inútiles. No sirven y no son agradables a Dios durante todo el tiempo
que duran las fiestas nupciales en que Dios se da como único alimento al alma.
Es por ello por lo que todo lo que es inferior a Dios debe desaparecer en estos
momentos.
Spiritus amoris erga Matrem
amabilem saepe agit et innocenter operatur in qualitate, animo et dispositione
unius pueri duorum vel trium annorum. Erga dulcissimam hanc Matrem
multipliciter et ultro fluit mea conversatio et spiritus acclinatio, tali modo,
qualis describitur in quarto tractatu Introductionis. Maternus illius
sinus frequenter est asylum et locus quietis meae et ibi invenio magnam
satisfactionem, confortationem et reflectionem, id est refocilationem et
restaurationem spiritus et naturae. Spiritus amoris agitur erga eam valde
fluide, innocenter et confidenter, utpote ab ipsa ad hoc allectus et invitatus
etiam ad sugenda materna eius ubera, instar parvuli et innocentis pueri; unde
haereo ad illa cum tam tenero amore et suavi gustu, quasi sic actu fieret;
verum non est cogitandum sic in veritate fieri. Spiritus amoris habet
multiplices operationes et intentiones agendi.
Quidquid sit, a festo gloriosae
eius Assumptionis continuatur in me iste spiritus teneri amoris erga Matrem
amabilem, cuius sanctissimum nomen est saepe tam dulce in ore meo, ut bene
lamberem labia prae dulcedine et quasi insatiabiliter repeterem Maria,
Maria, Mater mea amabilis et gratiosa, etc. cum multiplici ebullitione
amoris per totum diem. In eius sinu et ad eius ubera videor subinde dormire
somnium amoris, etiam post toleratas aliquas afflictiones, poenalitates,
tribulationes in corpore et spiritu. Servit mihi matemus ille sinus pro
refrigerio, pro requie et sanatione omnium meorum internorum et externorum
languorum, pressurarum, certaminum, etc, et ibi omnium istorum obliviscor et
dimitto instar incurii pueri, qui nihil aliud cogitat nisi manere in fruitione
huius superamabilis sinus et matemarum eius blanditiarum.
(Haec
scripsit 9 Septembris 1677 duabus circiter mensibus ante mortem)
[FINIS]
Para las sugerencias, correcciones y felicitaciones podéis contactar a
la dirección pbdsilva@hotmail.com